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La precariedad conceptual del mileismo en materia internacional es de proporciones equivalentes al nivel de alineamiento automático e incondicional que exhiben con Estados Unidos e Israel. Todo lo que decidan Trump y Netanyahu está bien para el (des)gobierno liber(autori)tario.

Por Guillermo Carmona

He elegido para encabezar mi columna de esta semana el título de la obra de León Tolstoi, Guerra y Paz. Esas tres palabras expresan la antítesis entre muerte y vida, destrucción y creación, que ha enfrentado la humanidad en cada conflicto bélico a lo largo de su historia. Esa antítesis resurge con inesperada fuerza en estos tiempos y se expresa cada vez más en los contrastes y contradicciones que exhibe la política argentina actual.

Leí la novela el año pasado en medio del vendaval retórico desatado por Donald Trump, tras el inicio del segundo mandato presidencial, repleto de amenazas expansionistas, de unilateralismo y guerrerismo. Sus promesas electorales de terminar con las guerras en curso quedaron en el olvido. Los anuncios rimbombantes de que la paz estaba a punto de lograrse en Ucrania y Gaza quedaron en la nada o, peor aún, fueron la antesala de la continuidad de los conflictos, de la instauración de prácticas colonialistas y de nuevas agresiones militares. Pronto la retórica belicista se materializó en actos de guerra sobre el terreno en Irán, Venezuela, Nigeria, otra vez en Irán, el Líbano, los países del Golfo…

En la lectura de esa obra de Tolstoi y en el análisis de las noticias del momento encontré el denominador común de las miserias de la guerra, la crueldad sanguinaria de los agresores, la deshumanización del enemigo, la megalomanía de los emperadores y sus cortes, alternadas con escenas típicas de los tiempos de paz: en la novela, los bailes, las tertulias aristocráticas, la vida en las fincas rurales y en las aldeas que describe magistralmente el gran novelista ruso; en nuestro tiempo, la cotidianidad frívola que reflejan las redes sociales en un reel interminable en que se intercala caóticamente la “normalidad” de la vida diaria con las imágenes aterradoras de bombardeos y genocidios.

Quien me sugirió la lectura de la novela, a pocos días de asumir Trump, me anticipó lo que se venía. Lo que no resultaba imaginable por entonces era que la Argentina podría verse involucrada en una guerra. Sin embargo, está ocurriendo lo impensable. En la semana que pasó, el involucramiento de nuestro país en el conflicto de Medio Oriente ocupó el centro de la agenda de política exterior.

Como en la novela de Tolstoi, lo dramático y catastrófico de las guerras que nos involucran y el curso habitual de la vida coexisten en un país en el que la mayoría de la población y buena parte de la dirigencia política parecieran no interesarse demasiado en lo que está ocurriendo. Como en la novela de Tolstoi, es esperable que sea así hasta que la guerra golpee de manera efectiva nuestras puertas. La mala noticia es que ya hay síntomas de que eso está ocurriendo.

Cuando el guerrerismo desplaza a la diplomacia

La semana que pasó arrancó con los ecos de las declaraciones del canciller Pablo Quirno en el programa del oficialista Luis Majul del domingo 30 de marzo por La Nación +. Tras ratificar por enésima vez el alineamiento del gobierno de Milei con Estados Unidos e Israel, Quirno expresó que “Argentina no va a ser neutral ante el terrorismo internacional” y desestimó los riesgos de tal alineamiento en pleno conflicto de Medio Oriente, afirmando que el peligro de un atentado “es sólo una construcción maquiavélica que se intenta instalar, pero la verdad es que el país tuvo dos atentados sin estar alineado”. Más allá de que no quedó claro el motivo por el cual el canciller resucitó a Maquiavelo, declarado muerto y enterrado por el propio Milei, ni qué quiso decir con la expresión “construcción maquiavélica” –es de suponer que para él eso significa algo muy malo- se hizo evidente que estaba dando una versión falaz de los dolorosos atentados contra la Embajada de Israel de 1992 y la AMIA de 1994. Las reacciones no se hicieron esperar en las redes sociales y medios de comunicación: los dos atentados ocurrieron durante el gobierno de las relaciones carnales con Estados Unidos y tras la participación de la Argentina en la Guerra del Golfo. Si bien el alineamiento menemista no llegó a ser ni por asomo equivalente al que exhibe Milei y se daba en el particular contexto del momento unipolar estadounidense, tras la caída de la Unión Soviética, resulta indiscutible que la participación militar argentina estuvo motivada en la política de alineamiento asumida entonces.

El atentado contra la AMIA del 18 de julio de 1994 en épocas de relaciones carnales y tras la participación argentina en la Guerra del Golfo

Dado el abandono de la posición de neutralidad anunciada por Quirno y las expresiones de Milei y otros funcionarios respecto del involucramiento en la guerra de Irán a las que hice referencia en la columna de la semana pasada, conviene recordar que el despliegue del Operativo Alfil, nombre que se dio a la intervención militar argentina en la Guerra del Golfo, se hizo en el marco de las Resoluciones 661, 665 y 678 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, del decreto 1871/90 y de la Ley 23.904, publicada en febrero de 1991. Nada de eso está ocurriendo en la aventura militar que Milei, siguiendo ciegamente a Trump y Netanyahu, nos ha involucrado. En este plano, como en otros, el presidente sigue la senda trazada por Menem, aunque con niveles de temeridad y torpeza imposibles de parangonar. Lo que sí parece ser equiparable es el nivel de rechazo popular que cosechó aquella y esta muestra de alineamiento guerrerista.

La entrevista de Majul a Quirno mostró tanto la precariedad discursiva del canciller como su carencia absoluta de conocimiento de las reglas más básicas que rigen a la política internacional y la diplomacia. En un episodio digno de una comedia de enredos, Majul le completó a Quirno una frase que intentaba y no lograba concluir, agregando la falacia del no alineamiento argentino durante los atentados, que el canciller repitió como quien reproduce la frase en un libreto mal aprendido. Quirno omitió cualquier referencia a una solución negociada del conflicto –tema sobre el cual estaba insistiendo Trump y desmintieron fuentes iraníes por esos días- al derecho internacional, o a algún compromiso de la Argentina con contribuir al logro de la paz en medio de las atroces acciones militares que se están desarrollando. La precariedad conceptual en materia internacional del mileismo es de proporciones equivalentes al alineamiento automático e incondicional adoptado. Todo lo que decidan Trump y Netanyahu está bien para el (des)gobierno liber(autori)tario.

Los dichos de Quirno en el programa de Majul fueron seguidos por dos medidas: la designación del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán como organización terrorista y su inclusión formal en el Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a actos de Terrorismo (RePET), el pasado martes 31 de marzo, y la declaración de persona non grata a Mohsen Soltani Tehrani, el máximo representante de Irán en el país, dándole un plazo de 48 horas para salir del territorio argentino, hecha pública mediante un comunicado de la Cancillería el jueves 2 de abril. Tales decisiones fueron celebradas por Estados Unidos e Israel, y duramente cuestionadas por la República Islámica de Irán.

La designación como organización terrorista del CGRI omite considerar que se trata de uno de los componentes de las Fuerzas Armadas iraníes y que, como tal, le caben las obligaciones y responsabilidades derivadas del Derecho Internacional Humanitario en situaciones de guerra. La decisión del gobierno “habilita la aplicación de sanciones financieras y restricciones operativas destinadas a limitar su capacidad de acción en el país”. Entre los fundamentos de la resolución se menciona que “Este Gobierno está decidido a que la República Argentina vuelva a alinearse a la civilización occidental, mientras condena y combate de manera frontal a quienes quieren destruirla”. Resulta sorprendente el argumento esgrimido siendo que el máximo exponente de ese occidentalismo civilizatorio sea un presidente estadounidense que ha lanzado públicamente amenazas de devolver a los iraníes a “la Edad de Piedra” o hacerles “vivir en el infierno”.

Una declaración por la paz y contra la guerra

La minimización de los riesgos que representan estas decisiones guerreristas pone de manifiesto un grado de irresponsabilidad notoria, aunque en mi opinión esa no resulta ser ni la única ni la más cuestionable arista del curso de acción adoptada por Milei. El quid de la cuestión está en la legalidad y legitimidad de las decisiones guerreristas que está adoptando Milei. Como ha sido sostenido en una declaración suscripta por destacadas personalidades, que estará abierta para su adhesión a la ciudadanía en general y será hecha pública en las próximas horas, el gobierno ha adoptado medidas propias de un estado de guerra sin que el alineamiento automático e incondicional con Estados Unidos e Israel, que en el libreto oficial se esgrime como su sustento, haya sido avalado por el Congreso Nacional.

El manifiesto comienza sosteniendo que “Además de temerarias, las afirmaciones [sobre el involucramiento argentino en la guerra en Medio Oriente] de los funcionarios mencionados [Milei, Quirno y Presti] implican una abierta contradicción con la histórica adscripción de la democracia argentina a los principios y normas del derecho internacional y una flagrante violación de nuestro régimen constitucional”.

Asimismo, la Declaración expresa que “las afirmaciones públicas del Presidente de la Nación de que ‘Irán es nuestro enemigo’ y que ‘vamos a ganar la guerra´ expresan un nivel de compromiso en el conflicto bélico propio de un país que se encuentra en estado de guerra”. Señalan que “Argentina no está en guerra con ningún país en tanto y en cuanto no se ha cumplido el proceso que establece la Constitución Nacional, para que, previa intervención del Congreso Nacional, exista una declaración de guerra” y resaltan que “las facultades constitucionales de conducción de la política exterior que corresponden al Poder Ejecutivo Nacional no son absolutas ni discrecionales. De manera explícita, la Constitución Nacional ha atribuido competencias específicas al parlamento argentino en la materia, al establecer que corresponde al Congreso de la Nación “aprobar o desechar tratados concluidos con las demás naciones” (artículo 75 inciso 22) y “autorizar al Poder Ejecutivo para declarar la guerra o hacer la paz” (artículo 75 inciso 25).

Cuestionando la decisión de la subordinación estratégica del gobierno de Milei a potencias extranjeras, los firmantes expresan que “el Presidente de la Nación ha consagrado una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel, a partir de un alineamiento automático que implica graves restricciones para la adopción de decisiones soberanas y autónomas, sin que ningún acuerdo con esas potencias haya sido sometido a la intervención constitucional que le corresponde al Congreso Nacional”.

El documento lo suscriben Adolfo Pérez Esquivel, Alicia Castro, Jorge Taiana, Carlos Tomada, Nilda Garré, Taty Almeida, Sabino Vaca Narvaja, Juliana Marino, Eduardo Valdes, Carlos Raimundi, Jorge Rivas, Maximiliano Rusconi, Carlos Rozanski, Jorge Elbaum, Ramón Torres Molina, Atilio Borón, Alejandro Olmos Gaona, Claudio Lozano, Cynthia García, Eduardo Barcesat, Marita Perceval, María del Carmen Squeff, Patricia Vaca Narvaja, Hugo “Cachorro” Godoy, Enrique Vaca Narvaja y Guillermo Carmona, entre otros y otras.

La consternación por el posicionamiento de Milei ha llegado también al Congreso. Distintas iniciativas impulsadas por los diputados Eduardo Valdéz, Esteban Paulón y Mónica Frade prometen la apertura de un debate parlamentario que resulta imprescindible en el actual contexto.

Malvinas y las secuelas de la guerra

Además de representar una mala copia del menemato, las poses militaristas de Milei, su canciller y su ministro de Defensa producen el efecto de tirar al tacho de basura las lecciones que deberían haber sido aprendidas tras la Guerra de Malvinas. La inadecuada evaluación del escenario internacional, el sobredimensionamiento de las expectativas puestas en la potencia a la que se ofrece una inaceptable subordinación estratégica, la subestimación del poder militar de la potencia ocupante, la deficiente articulación de la política de defensa con los objetivos de política exterior, la desatención de la necesaria disuasión respecto de la principal amenaza militar en el Atlántico Sur que representa la militarización británica en las Islas Malvinas son algunas de las secuelas del olvido de la experiencia forjada en una guerra que costó la vida a más de 600 compatriotas. 

Durante 840 días de ejercicio de la Presidencia de la Nación, Javier Milei registró cuatro récords imbatibles: nunca exigió a Gran Bretaña poner fin a la usurpación de Malvinas, nunca reconoció ni agradeció a los países que apoyan a la Argentina, nunca condenó a las actividades pesqueras e hidrocarburíferas ilegales y nunca condenó públicamente los ejercicios militares y la militarización que la potencia colonial ha intensificado en el Atlántico Sur. Milei se las arregló para eludir en sus discursos y declaraciones la mención del usurpador y evitar formular algún tipo de reclamo por el accionar ilegal que despliega. La Cancillería tampoco remedió tales omisiones de manera significativa. Milei echó culpas a los gobiernos precedentes, cargó responsabilidades a las Naciones Unidas, reprodujo el falaz argumento británico sobre el respeto de los deseos de los isleños y asoció a la Cuestión Malvinas con la reivindicación de la dictadura genocida. Nunca un señalamiento, nunca una protesta, nunca una gestión que pudiera incomodar al invasor.

El acto del 2 de Abril fue la escena elegida por Milei para respaldar al cuestionado jefe de Gabinete Manuel Adorni

En el discurso del Día de los Veteranos y los Caídos en la Guerra de Malvinas de este año cayó esa oprobiosa marca: en una alocución deslucida de escasos 5 minutos –en la que reconoció la crítica situación salarial del personal militar, mencionó el descalabro de la obra social de los uniformados y anunció inversiones en armamento y equipamiento sin comentarios sobre las cuestionadas adquisiciones realizadas durante la gestión de Petri- se ajustó parcialmente al canon que la política exterior destina a la Cuestión Malvinas: mencionó la disputa de soberanía, reclamó tibiamente sobre las actividades hidrocarburíferas ilegales y agradeció el apoyo internacional en el Comité de Descolonización. Evidentemente, el horno no está para bollos. La política rupturista de Milei con la región y la mala praxis de la Cancillería que venimos denunciando desde el comienzo de la gestión de Milei, posibilitaron que Brasil y Reino Unido suscribieran una asociación estratégica que involucra aspectos relativos a la defensa sin que el mileismo haya intentado siquiera evitarlo. Antes lo había hecho Chile sin reacción del gobierno argentino. Las versiones que circulan sobre el lo ocurrido dan por acreditado que Quirno desconocía los avances en esas negociaciones, lo que ha puesto al descubierto la desastrosa actuación del embajador en Brasil, Guillermo Daniel Raimondi, y sobre todo de la secretaria de Malvinas, Antártida, Política Oceánica y Atlántico Sur, Paola Di Chiaro.

El calamitoso estado de la Cuestión Malvinas durante el mileismo se ve reflejado en la nota de Natasha Niebieskikwiat, periodista de Clarín que sigue la política exterior, publicado por ese diario el 2 de abril: “Argentina y el Reino Unido llegan a este aniversario sin importantes hechos a destacar”, afirma, y agrega que “Hoy podría decirse que a dos años del inicio del gobierno de Milei, y tres cancilleres distintos, Malvinas no fue una prioridad. La poca relevancia que se le da al tema en la Secretaría de Malvinas como en la Dirección del Antártico, ambos ubicados en Cancillería es un claro ejemplo. Las actividades son nulas”.

La nota incluso apunta contra dos funcionarias al referirse a los avances de la explotación hidrocarburífera por parte de Rockhopper y Navitas Petroleum: “Pero tanto la secretaria de Malvinas, Paola Di Chiaro, como la embajadora Mariana Plaza convencieron al canciller Pablo Quirno de que por ahora conviene no hacer nada multilateral y mantener el reclamo frío en los lugares más convencionales”, afirmó. La demoledora evaluación es relevante si se tiene en cuenta que proviene de una periodista con larga trayectoria en el seguimiento de la Cuestión Malvinas y que, como es de público conocimiento, no tiene afinidades con una oposición que tiene cuestionamientos similares a los por ella formulados.

Axel Kicillof en Río Grande, junto a los gobernadores Melella y Quintela, y el intendente Martín Pérez

En contraste con el deslucido acto oficialista, este año se percibió una renovada fuerza en las expresiones de adhesión a la Causa Nacional Malvinas en todo el país. El epicentro de las conmemoraciones estuvo en Tierra del Fuego, donde el gobernador bonaerense Axel Kicillof robó cámaras ante el faltazo del presidente y la vicepresidenta. Más allá de las repercusiones políticas que generó la presencia de Kicillof ,junto al gobernador riojano Ricardo Quintela, el fueguino Gustavo Melella y los intendentes de los tres municipios fueguinos Martín Pérez (Río Grande), Daniel Harrington (Tolhuin) y Walter Vuoto (Ushuaia), quedó evidenciado el fuerte compromiso de los participantes en los actos con una perspectiva que pone eje en la reafirmación de la soberanía y en la política de Estado sobre la Cuestión Malvinas que la gestión libertaria ha abandonado.

En un entrevista con Canal 7 Mendoza me referí al calamitoso estado de la gestión política y diplomática del mileismo sobre la Cuestión Malvinas y  a las medidas que resulta urgente implementar para revertir sus consecuencias negativas. Por razones de brevedad, comparto el video de la entrevista.

Una vez más, ¡hundan el Belgrano!

El indisimulable thatcherismo del mileismo quedó una vez más al descubierto con las declaraciones del ministro de Defensa Carlos Alberto Presti en el programa de Eduardo Feinman. Allí afirmó que el hundimiento del Crucero ARA General Belgrano fue un acto de guerra y no un crimen de guerra, provocando una catarata de rechazos que alcanzó proporciones descomunales. Las afirmaciones de Presti, realizadas en la jornada en que se homenajea a los Caídos y Veteranos de la Guerra de Malvinas, fueron abiertamente ofensivas. Casi la mitad de las bajas de la guerra se produjeron en ese ataque vil ordenado por la propia primera ministra británica Margaret Thatcher, según ella misma reconoció públicamente, y aún resuenan los ecos dramáticos del rescate de los tripulantes que lograron sobrevivir.

De Tolstoi al espionaje ruso

Comencé la nota haciendo referencia a la novela de Tolstoi en momentos en que se agita una ridícula caza de brujas desatada por una denuncia de un consorcio internacional contra periodistas y medios argentinos por un supuesto complot ruso contra Milei. La acusación es tan inverosímil que no puede dejar de relacionarse con otra guerra que está en curso y que se despliega, también, en el campo de la comunicación. En medio de los cada vez más graves y frecuentes casos de corrupción mileista, el oficialismo intenta aprovechar la acusación para distraer la atención que hoy cae sobre sus funcionarios.  

Sin embargo, la denuncia ha tenido un efecto inesperado: la puesta en foco del financiamiento de agencias de distintos países extranjeros, destinado a influir en la opinión pública argentina. Además del conflicto diplomático con Rusia que está en puerta, el culebrón abre la posibilidad de que prestemos atención a las estrategias de penetración británica para erosionar la posición argentina sobre la Cuestión Malvinas a través de diversos medios, situación sobre la que he advertido desde hace largo tiempo. Seguramente esa temática será motivo de futuros artículos y columnas en portal Atlántico Sur.

Mientras eso ocurre, finalizo esta columna con una reflexión que, en Guerra y Paz, Tolstoi pone en boca del príncipe Andrei Bolkonski y va dirigida a su amigo Pierre Bezújov: “La guerra no es una cosa graciosa, sino muy fea y desagradable, por lo que es preciso comprenderla y no convertirla en juego, aceptando seria y serenamente esta terrible necesidad. La cuestión reside en esto: apartad la mentira, y la guerra será la guerra y no un juego; de otro modo, la guerra se convierte en la diversión predilecta de la gente ociosa y ligera…”. En las circunstancias actuales, estas palabras podrían ser de provecho para Milei y su troupe de ministros belicistas.

Guillermo Carmona
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