Imagen de portada: Jorge E. Leal sobre un Snowcat en la Expedición Polar Argentina

En un mundo dividido por la Guerra Fría y ante la configuración de un nuevo orden antártico, diez hombres desafiaron todos los obstáculos para alcanzar el vértice del mundo. A través de una geografía hostil e indomable, la Patrulla de Asalto al Polo Sur transformó un sueño de soberanía en una realidad concreta, marcando una huella sobre el hielo y la nieve que, seis décadas después, sigue siendo una marca de nuestra identidad bicontinental.

Por Jorge Poblette

26 de octubre de 1965 en el Sector Antártico Argentino. El termómetro en la Barrera de Hielos Filchner, en la Bahía comandante Luis Piedrabuena, marca casi 20 grados bajo cero, pero el viento agudiza la sensación térmica al punto de congelar el aliento. Frente a esa solitaria geografía de un blanco absoluto, diez hombres repasan por última vez su magro equipaje y dejan atrás la seguridad de la precaria Base Belgrano. Se lanzan a consumar uno de los actos que más enaltecen la historia antártica argentina: recorrer los 1.500 kilómetros que los separan del Polo Sur, una epopeya que la historia recoge como Operación 90.

Para domar el desierto blanco, además de esquíes y trineos, la patrulla confía su suerte a tres snowcat de un naranja furioso, vehículos fieles y resistentes para climas hostiles y extremos como el antártico. Pero también son de la partida un grupo de cuatro hombres de apoyo y 18 perros polares argentinos, una raza forjada en las bases nacionales que acompañó a los expedicionarios hasta el pie de la Meseta Polar, el conocido como Punto 82, desde dónde tuvieron que regresar a la Base Belgrano debido a las extremas dificultades del terreno. Con esta logística austera, aquellos diez pioneros se abrieron paso no solo para vencer sus propias limitaciones físicas, sino para encarnar  la voluntad del pueblo argentino de ejercer una soberanía efectiva sobre el Sector Antártico Argentino.

Patrulla de Asalto del Polo Sur (Foto: Cultura de Montaña)

Al mando de la Patrulla de Asalto al Polo Sur, como la denominó el Ejército, estaba el coronel Jorge Edgard Leal, líder experimentado y visionario, y fundador de la Base Esperanza en 1952, quien le había prometido al General Pujato, diez años antes, plantar la bandera argentina en ese vértice extremo del planeta. Lo secundaba el Capitán Gustavo Adolfo Giró Tapper, hombre clave para sortear las emboscadas del terreno y quien ya había realizado una avanzada de reconocimiento para hallar rutas algo más seguras por donde transitar y responsable de la construcción de la Base de Avanzada Científica de Ejército Alférez de Navío Sobral. A ellos lo acompañan un cuerpo de suboficiales del Ejército Argentino —mecánicos, enfermeros y radiooperadores— que  formaba la columna vertebral de la expedición: Ricardo Ceppi, Julio Ortiz, Jorge Rodríguez, Guido Bulacio, Roberto Carrión, Adolfo Moreno, Domingo Zacarías y Ramón Alfonzo. Hombres curtidos que se lanzaban por una ruta virgen sabiendo que, en esas latitudes, la vida es una excepción y la supervivencia, un milagro.

Guerra Fría y tensiones geopolíticas en la Antártida

La hazaña se dio en un clima de tensiones globales. En 1955, la disputa antártica había perdido a sus dos mayores contendientes: el General Juan Domingo Perón, cuyo proyecto nacional fue interrumpido por un golpe de Estado, y el líder británico Winston Churchill. Con ambos fuera de juego, la Antártida se convirtió en una pieza codiciada del tablero de la Guerra Fría. A este escenario se sumó el Año Geofísico Internacional (1957-1958), que impulsó la cooperación científica y derivó en el Tratado Antártico de 1959. Este acuerdo buscó “congelar” los reclamos de soberanía, permitiendo a la Argentina mantener sus derechos sin que los mismos se debiliten por el paso del tiempo.

Sin embargo, era imperativo neutralizar las ambiciones de las potencias que ya proyectaban bases en las profundidades del desierto polar. Existía un peligro técnico y jurídico: el de solo consolidar la presencia argentina en las costas, pero perder ocupación y visibilidad hacia el sur polar. Sin una ocupación real del interior profundo, el Sector Antártico Argentino podría convertirse en terra nullius frente a potencias como el Reino Unido o los Estados Unidos, que ya operaba la base Amundsen-Scott desde hacía una década.

Aunque la expedición fue concebida por el coronel Hernán Pujato, debió posponerse por un accidente aéreo y por la persecución política que el “San Martín de la Antártida” sufrió tras el golpe de 1955. Pero Leal, su fiel discípulo, entendió el mandato. Para este salteño, oficial de del Arma de Caballería, la misión era la prueba de que el país podía unir por tierra el mar de Weddell con el Polo Sur para demostrar que el país tenía la capacidad de alcanzar cada rincón de su territorio soberano.

Para 1965, el país ya contaba con el Instituto Antártico Argentino (1951), el primer organismo científico del mundo dedicado exclusivamente al área. Mientras el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea proveían la logística, la Cancillería se ocupaba de la diplomacia antártica. Argentina era ya el país con más bases y refugios, destacándose Orcadas, la más antigua del continente, presente  desde 1904.

La travesía.

El avance hacia el sur no fue una línea recta, sino una lucha con una geografía sinuosa, hostil e indómita. Una vez que el grupo se despide de la patrulla de perros, los diez expedicionarios enfrentaron el “Gran Escalón”: el ascenso desde el nivel del mar hasta los casi 3.000 metros de la meseta polar. Pendientes de hielo, precipicios invisibles y traicioneros y un aire cada vez más enrarecido por efecto de la altura. Aquí el esfuerzo debió ser titánico.

El desafío no era solo la distancia, sino la altitud. Para alcanzar el corazón del continente, la Patrulla de Asalto debió atravesar la imponente Cordillera Transantártica. Entre picos de roca y glaciares colgantes, Giró Tapper halló un pasaje a la que bautizaron ‘Paso de las Estrellas.

Cordillera Transantártica (Foto: Antártica Cruises)

Avanzar por campos de grietas y precipicios fue para el grupo de Leal como caminar sobre un campo minado como él mismo lo describió. La marcha era agotadora: mientras los vehículos avanzaban a velocidad mínima, los hombres debían avanzar a pie, encordados entre sí, sondeando el suelo con largas varillas metálicas para detectar los riesgos y no caer en la trampa del “blanqueo” un fenómeno óptico producido por el reflejo del sol que elimina peligrosamente las sombras sobre la superficie blanca.  En varias ocasiones, el peso de los snowcat rompió estos puentes naturales, dejando a los vehículos suspendidos a cientos de metros de profundidad, obligando a realizar rescates desesperados a temperaturas que ya rondaban los 40 grados bajo cero.

Superado el campo de grietas se abrió ante ellos la Meseta Polar: un manto de hielo y nieve salpicados por los sastrugis, esas dunas de nieve congeladas formadas por los vientos catabáticos, sólidas como la roca y de hasta un metro de altura, que golpeaban la estructura de los vehículos con violencia destructiva. El sol, que no se pone nunca en el verano austral, giraba en círculos sobre sus cabezas, mientras la brújula alterada por el polo magnético, dejaba de ser útil, obligando al capitán cordobés Giró Tapper a guiar la columna mediante el cálculo del sextante y la posición del sol.  

Sastrugis: las dunas de nieve (Foto: Antártica Cruises)

El Polo Sur

El 10 de diciembre de 1965, tras cuarenta y cinco días de marcha el grupo llegó a la base norteamericana Amundsen-Scott. Los hombres de la Operación 90, con los rostros quemados por el frío detuvieron totalmente sus snowcat.  Habían llegado al Punto Noventa, el lugar del planeta donde todas las direcciones conducen al norte.

Allí, en el punto exacto donde el eje de la Tierra atraviesa el hielo, los expedicionarios clavaron el mástil con la bandera argentina y cantaron el Himno Nacional, ante la atónita mirada de los miembros norteamericanos de la base Amundsen-Scott. Eran las dos de la tarde. Ese día Leal dijo: “sentí la emoción más grande de mi vida”.

Izamiento del Pabellón Nacional en el Polo Sur en 1965 (Foto: Fundación Marambio)

 Argentina no solo estaba en el Polo; había llegado allí por sus propios medios, trazando una huella que conectaba, por primera vez en la historia, las costas del Mar de Weddell con el corazón mismo de la Antártida. El 15 de diciembre, a las tres y media de la tarde, emprendieron el regreso a la base Belgrano a la que llegaron el 31 de diciembre. Habían recorrido 2.900 kilómetros en 66 días. El mismo día en que iniciaron el retorno a la base Belgrano nacía María de la Nieves, la tercera de los hijos que el coronel Leal tenía con la maestra mendocina Teresita Glowacki.

A casi seis décadas de aquella proeza, las grandes potencias vuelven a mirar hacia el sur con una ambición intacta. En un presente donde la disputa por los recursos estratégicos y el control territorial recrudece, la lección de la Operación 90 adquiere una vigencia inusitada. En un escenario global complejo, donde la soberanía se defiende con ciencia, logística y una presencia permanente en el continente antártico, la figura de Leal se erige como un ejemplo de patriotismo y convicción; alguien que entendió con claridad que el sueño de una patria grande se defiende hasta las últimas consecuencias.  

Jorge Edgard Leal falleció a los 96 años y sus cenizas fueron llevadas a la Base Esperanza, en el Sector Antártico Argentino, en el año 2018.    

Jorge Poblette
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