A partir del análisis del escenario bélico del Estrecho de Ormuz, el autor reflexiona sobre los desafíos de la Argentina en la defensa de sus espacios marítimos y fluviales. Sostiene que “la clave para una potencia media no es buscar el control total del mar, sino la capacidad de negar su uso al adversario”.

Por Ramón Prades García*

Hoy vemos en los noticieros del mundo cómo Irán aplica las lecciones aprendidas de su guerra con Irak durante la década del 80. El Estrecho de Ormuz se ha consolidado como el símbolo máximo de la disuasión y de la capacidad de una potencia regional para estrangular el acceso a mares vitales utilizando una doctrina de guerra naval asimétrica frente a tecnologías y capacidades multimillonarias —y evidentemente superiores— de sus adversarios.

Ante este escenario global, cabe hacerse una pregunta fundamental: ¿Está la Argentina realmente en condiciones de denegar el acceso naval al Río de la Plata en caso de un conflicto? ¿Alguna vez lo estuvo? ¿Es posible que un país con recursos limitados pueda cerrar la llave de su propia casa frente a potencias que despliegan satélites, radares y drones de última generación? Hoy más que nunca sabemos que la respuesta no está en intentar competir en una carrera armamentista convencional. Cada vez son menos los países que pueden proyectar poder naval ofensivo, y la distancia con el resto es cada vez más grande. Sin embargo, tanto en Irán como en Ucrania, la potencialidad de un Estado para aumentar el costo de una invasión mediante tácticas asimétricas es evidente.

Mientras el poder político de EE. UU. celebra el hundimiento de embarcaciones de la marina iraní, los estrategas de la US Navy preparan los planes para escoltar convoyes comerciales a través del Estrecho de Ormuz, comprendiendo la dificultad de navegar ante un verdadero enjambre de amenazas multidimensionales: minas submarinas, misiles navales y drones que actúan en conjunto para saturar cualquier sistema de defensa.

Esta lógica no es una anomalía del Golfo Pérsico, sino la aplicación práctica de la Denegación de Área (A2/AD). Tal como sostiene la doctrina moderna de estrategas como Elbridge Colby, la clave para una potencia media no es buscar el control total del mar, sino la capacidad de negar su uso al adversario. En el Atlántico Sur, esta estrategia cobra un valor existencial: ante la inmensidad de nuestra plataforma marítima, el objetivo no es igualar la tecnología de proyección de una potencia global, sino desplegar un sistema de “arquitectura defensiva” que convierta cualquier incursión en una pesadilla logística y económica. En este esquema, las minas inteligentes son solo el ejemplo más maduro de una red de capacidades que debe integrarse con misiles antibuque, drones de vigilancia y guerra electrónica para crear un escudo infranqueable.

En la Argentina, el programa SIMINA (Sistema Inteligente de Minas) de la Armada Argentina no fue solo un proyecto de fabricación, sino un concepto estratégico que permitió a la empresa nacional SAF S.R.L. —una PyME de base tecnológica que simboliza el potencial del arraigo industrial y la capacidad de generar exportaciones de alto valor agregado desde el interior del país— desarrollar ingenios como la mina submarina MOPEM-3, con su ventaja “invisible” respecto a las minas convencionales: un software de decisión de alta complejidad. Estas minas, alimentadas por simples pilas alcalinas comunes, garantizan la autonomía logística y evitan la dependencia de componentes críticos extranjeros. Por otra parte, estas unidades pueden permanecer en el lecho marino durante años procesando firmas acústicas, magnéticas y de presión.

El MOPEN-3 (Foto Defensa y Seguridad)

La eficacia de este desarrollo tecnológico nacional fue tal que el propio Pentágono adquirió unidades para su evaluación, confirmando que la tecnología de SAF era capaz de burlar los sistemas de detección y caza de minas más costosos del planeta. Sin embargo, una mina inteligente almacenada es solo una promesa de defensa; la asimetría argentina solo es efectiva si se recupera la capacidad integral de minado mediante un tridente operativo que combine el ingenio técnico con vectores de lanzamiento eficaces.

Para que este sistema de armas sea una amenaza real, la incorporación de submarinos modernos se vuelve el pilar de la disuasión, siendo los únicos capaces de sembrar estos campos de manera sigilosa en zonas de conflicto. Este vector debe complementarse con plataformas de largo alcance como los aviones P-3 Orion, que permiten el sembrado rápido de minas en grandes accesos, cerrando pasos obligados en cuestión de horas. En este 2026, donde el control de las rutas marítimas ha vuelto a ser el eje de la geopolítica, conservar capacidades nacionales como las de SAF es una cuestión de supervivencia, especialmente en una geografía como la del Río de la Plata donde su poca profundidad y turbidez actúan como un escudo natural que potencia la letalidad de la MOPEM-3, cuyo sensor de presión detecta variaciones de apenas 2 milímetros de columna de agua.

Avión P-3 Orion adquirido por la Armada Argentina

No existe satélite ni dron en el mundo que pueda simular o engañar el desplazamiento de masa de un buque de guerra real; por ende, el acceso al corazón del país queda bajo una “llave” técnica que solo la inteligencia nacional posee. Recuperar una capacidad integral de minado bajo el paraguas del Programa SIMINA no es un gasto, sino una inversión necesaria en autonomía estratégica y trabajo genuino. Este es un solo ejemplo de la cadena integral que mezcla conocimiento, tecnología, producción, trabajo y defensa. Fortalecer el complejo industrial-militar nacional no es una nostalgia del pasado, sino una exigencia del futuro: solo el desarrollo de capacidades propias garantiza que la soberanía no sea una declaración de deseos, sino una realidad técnica ineludible.

En un mundo donde las potencias proyectan capacidades multimillonarias para controlar mares ajenos, la Argentina debe ser capaz de imponer un costo prohibitivo a cualquier incursión. La historia de SAF nos enseña que la llave del Atlántico Sur, el Canal Beagle o el Estrecho de Magallanes no la tiene necesariamente quien despliega el equipo más caro, sino quien logra combinar una geografía restrictiva, una fuerza operativa de submarinos y la inteligencia aplicada a la defensa. El dominio de estas capacidades asimétricas no es una renuncia a la proyección de poder, sino el requisito previo para recuperarla. Es la base técnica que permite a la Nación dejar de ser un actor pasivo y retomar la iniciativa estratégica sobre sus espacios usurpados y sus recursos vitales. En definitiva, es el camino para que Argentina vuelva a ser el dueño absoluto de su destino marítimo y el garante efectivo de su integridad territorial frente a cualquier desafío tecnológico externo.

*Analista internacional

pAS
Atlántico Sur, UN OCÉANO, TRES CONTINENTES

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