Desde la impunidad de su imperio tecnológico, Elon Musk embiste contra Claudia Sheinbaum y otros los líderes de nuestra región. Más que una disputa económica, es una ofensiva política: el intento de una nueva oligarquía digital por conseguir el control de los gobiernos y debilitar la soberanía latinoamericana.

Por Jorge Poblette

La reciente caída de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “el Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), sacudió los cimientos de la seguridad en México y provocó una cascada de reacciones oficiales y en la opinión pública. Sin embargo, entre los comunicados de las fuerzas de seguridad y los informes de prensa, apareció el comentario de uno de los personajes menos calificado para opinar sobre la política antidrogas mexicana: Elon Musk.

Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mench”‘, el líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG)

Desde su escondite digital en Texas donde se mudó para evitar contagiarse del “virus woke” de California, algo del todo improbable, utilizó su red social X para tirar un dardo cargado de veneno contra la presidenta Claudia Sheinbaum sugiriendo, sin prueba alguna, una complicidad entre su gobierno y el narcotráfico al afirmar que la mandataria “solo dice lo que le dictan sus jefes del cártel”, por negarse a retomar la estrategia de “guerra contra la droga”. Si Musk leyera antes de postear, sabría que esa “guerra” que propone llevó al fracaso del expresidente Felipe Calderón, y a una tragedia que además de dejar un saldo, según el Colegio de México, de más de 250.000 muertos, terminó con su secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, en la cárcel acusado de tomar millones de dólares en sobornos del Cartel de Sinaloa que gobernaba ‘El Chapo’ Guzmán.

Este episodio es la expresión de una intolerancia profunda que viene manifestando Musk hace ya algunos años contra presidentes latinoamericanos. Su rigidez ideológica y misoginia, que la traslada a sus redes, lo torna intransigente para aceptar pensamientos progresistas y, peor aún, cuando estas ideas son profesadas por una mujer, que además de ser presidenta, encarna un exitoso gobierno de centro izquierda. Estas posiciones políticas serían intrascendentes de no provenir del dueño de un imperio tecnológico con enorme poder político y económico capaz de inclinar, mediante la desinformación y contenidos peligrosos, la conducta de millones de personas. De hecho, inmediatamente después de la muerte del Mencho las redes sociales, en especial X, se inundaron de noticias falsas y discursos de odio elaborados con inteligencia artificial, destinados a amplificar el caos, la confusión y la desesperación. Este “Cartel de la desinformación” tiene nombres y apellidos: son las recurrentes figuras de la derecha mexicana e internacional, opositoras políticas de Sheinbaum, quienes irresponsablemente manipularon imágenes y construyeron narrativas sin sustento, para amplificar la percepción del riesgo y para dificultar la comprensión pública de lo que estaba pasando. Frente a este ataque al gobierno mexicano, Musk hizo silencio y no activó los dispositivos de moderación de X, mientras lucraba con la angustia y desesperación de una comunidad en estado de pánico. La respuesta de Sheinbaum fue sencilla y contundente: “A mí lo que me importa es lo que dice el pueblo, la verdad” y dejó trascender que podría emprender acciones legales contra Elon Musk.

Claudia Sheinbaum Presidenta de México

Este desdén por ideales altruistas de Musk y ese narcisismo nacido de su poderío económico también se ha manifestado antes contra otros mandatarios de la región. Cuando el juez brasileño Alexandre de Moraes ordenó la “suspensión inmediata” de la red social X tras la negativa de la empresa de nombrar un representante legal en el país y bloquear varios perfiles en las redes sociales gestionados por partidarios de su amigo golpista Jair Bolsonaro, Musk tildó al juez y al presidente Lula da Silva de “dictadores” y “perros falderos”, queriendo erguirse en adalid de la libre expresión. Después de 39 días de suspensión de X, Musk acató cada una de las órdenes de la justicia brasilera además de pagar una multa millonaria. Brasil demostró así que ninguna empresa, por más poderosa que sea, está por encima de las leyes de una nación.

Los ataques de este adalid de la extrema derecha también alcanzaron a Gustavo Petro, presidente de Colombia, especialmente tras el secuestro de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses. Ante un hecho que, por su proximidad geográfica y política, amenazaba la estabilidad colombiana, Petro hizo una llamado a la prudencia desde la red social X, pidiendo por la paz y un cese de la violencia. Fue en ese delicado contexto donde irrumpió Musk, ahora devenido en “vaquero de Texas” para responder a la postura oficial colombiana con una frase violenta, proveniente del submundo de la narcocultura: “¿Plata o plomo?”. Esta es una frase que popularizó el narcotraficante Pablo Escobar durante los años más sangrientos de su reinado en Colombia, para extorsionar a funcionarios y jueces: o aceptaban el soborno (la plata) o enfrentaban el asesinato (el plomo).

La pregunta es: ¿por qué un magnate tecnológico se arroga el derecho de acusar sin pruebas a la presidenta Sheinbaum de narcogobierno o de increpar al presidente Petro con un lenguaje más propio del terrorismo narco o de un matón de película de Hollywood de segunda categoría.? No hay dudas que más allá de la pobreza intelectual del dueño de Testa, X, Starlink y Space X existen razones más profundas.

De la agresión al negocio: ¿Qué buscan realmente?

Más allá de los insultos, lo que debería llamar nuestra atención no es solo la arrogancia de Musk, sino el modelo de negocio que se esconde detrás de sus desplantes. Para este nuevo tipo de superrico, América Latina no es una región de naciones soberanas, sino un inmenso yacimiento para alimentar sus bases de datos y un mercado cautivo al que vender sus productos: 100 millones de usuarios en la Red X, de los cuales casi 7 millones son argentinos.

Si antes los imperios venían por el oro, el cobre o el petróleo, hoy este “capitalismo de vigilancia” viene por algo más profundo: nuestra conducta. Cada vez que interactuamos en sus plataformas, entregamos la materia prima que estas necesitan, nuestras ideas, miedos y prejuicios, nuestra privacidad, información que alimenta sus algoritmos para que aprendan a predecir y, luego, a moldear nuestras decisiones. Es una nueva forma de extractivismo: los datos que generamos como usuarios son utilizados para manipular nuestro comportamiento. Así es que mientras Musk nos entretiene con peleas en las redes, sus motores de procesamiento de datos, trabajan en silencio para automatizar nuestro juicio y nuestra voluntad.

Fake News tras la muerte de “El Mencho”

El peligro es real: cuando un algoritmo decide qué noticias vemos, qué productos consumimos o qué candidatos deberíamos votar, la soberanía popular pasa a ser un espejismo. Esa facultad hoy ha sido capturada en parte por un puñado de “señores tecnofeudales” que ya gobiernan la conducta de millones de personas, mediante la mercantilización de lo más humano que tenemos: nuestra voluntad.

La tecnología como arma geopolítica

No se trata entonces de un problema de “libertad de expresión”, es un problema de poder. En esta nueva guerra fría tecnológica que vemos a diario entre Estados Unidos y China, personajes como Musk actúan como los nuevos señores feudales. Controlan los satélites, las grandes plataformas de procesamientos de datos, las Big Data, los cables que transportan la información, los grandes medios de comunicación y las redes sociales donde discutimos nuestra política y nuestras ideas, pero lo hacen con absoluta impunidad, sin rendir cuentas a nadie.

La tecnología tiene ventajas extraordinarias, pero en manos inmorales se convierte en una herramienta para destruir el pensamiento crítico y enfrentar nuestras comunidades y debilitarlas. Por eso, la respuesta de países como Brasil o México es fortalecer la soberanía tecnológica y el desarrollo del país. El país azteca viene avanzando con algunos proyectos emblemáticos para hacer realidad esta visión: la supercomputadora “Coatlicue” y el automóvil eléctrico “Olinia” son dos ejemplos. Se espera que la supercomputadora Coatlicue sea la más potente de Latinoamérica. Su objetivo es servir como herramienta clave para resolver desafíos públicos y apoyar la investigación de vanguardia. El sistema contará con 15.000 unidades de procesamiento gráfico (GPU) y una potencia de cálculo equivalente a la de 400.000 computadoras trabajando simultáneamente. Esta potencia permitirá apoyar proyectos en las áreas de pronósticos meteorológicos, predicción de desastres naturales, exploración de estructuras subterráneas o detección de actos de corrupción y evasión fiscal. Olinia será el primer auto eléctrico diseñado íntegramente en México, cuyo desarrollo está a cargo del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

Para Brasil, como lo ha definido su ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación, Luciana Santos, «La soberanía tecnológica no es un concepto abstracto. Se construye con inversión continua, políticas bien diseñadas y personal cualificado que trabaja para que Brasil no dependa de soluciones externas en áreas estratégicas”. Por ello el país participa en la construcción de redes estratégicas como la Nube BRICS y la Red de Supercomputadoras UE-ALC y contribuye en la definición de estándares globales de inteligencia artificial en las reuniones de la ISO y el SC42 en Ginebra y Seúl. Trabaja, junto a otros países, en modelos lingüísticos a gran escala, soberanía digital y transferencia de datos y brinda asistencia al Programa de Apoyo al Desarrollo Tecnológico de la Industria de Semiconductores (PADIS), a la Iniciativa Brasileña de Tecnologías Cuánticas (IBQuântica) y promueve la creación de BR-Fab, un conjunto de laboratorios para la investigación y prueba de chips.

Hoy el mundo sabe que las multinacionales tecnológicas no son neutrales ideológicamente y que pretenden ocupar los vacíos y las promesas incumplidas que dejaron las democracias. El enorme poder, que ejercen casi sin control, ponen en riesgo el orden político existente. Si bien queda poco margen para poner límites a un sistema global autosuficiente y dominante, los Estados nacionales aún pueden recuperar espacio sobre esta oligarquía digital que ya no quiere solo el dinero, sino ejercer el control político de la sociedad.

Jorge Poblette
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