Foto: la Gran Presa del Renacimiento Etíope
Egipto y Etiopía se disputan el control y el uso de unos de los ríos legendarios de la humanidad. La construcción y llenado de la Gran Presa del Renacimiento Etíope disparó el conflicto cuya resolución hoy se encuentra estancada. Este desacuerdo no solo revela las limitaciones del derecho internacional sino los riesgos para los países del Sur Global de acudir a mediadores externos.
Por Jorge Poblette
El legendario río Nilo, cuna de civilizaciones que han florecido a lo largo de sus orillas durante siglos, es hoy el centro de una disputa económica, ambiental y geopolítica entre Egipto y Etiopía que amenaza la estabilidad del noreste de África. El conflicto tiene su origen en la decisión de Etiopía de construir, aguas arriba, la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD): una megaobra levantada a pocos kilómetros de la frontera con Sudán, convertida ya en la central hidroeléctrica más grande y potente del continente.

Si bien el imaginario colectivo identifica al Nilo casi exclusivamente con el Egipto faraónico, la realidad geográfica es más compleja. Su cuenca es compartida por once países y beneficia a 500 millones de habitantes. Para comprender el conflicto, es vital precisar que el 85% del caudal que llega a las tierras bajas egipcias no proviene de los grandes lagos africanos, sino del macizo etíope a través del Nilo Azul (Abbay). El 15% restante lo aporta el Nilo Blanco. Es en Jartum, capital de Sudán, donde ambos brazos convergen para recorrer los últimos 6.850 kilómetros hacia el norte, entregando sus aguas al Mediterráneo.
El despertar de un gigante energético
En abril de 2011, Etiopía inició la GERD con un contrato de 5.000 millones de dólares con la firma italiana Salini Impregilo (hoy Webuild), y financiada con recursos propios. Para Etiopía, el proyecto representaba autonomía energética y un salto cualitativo al desarrollo; pero para sus vecinos, el anuncio fue recibido con un recelo casi existencial.

Egipto, situado aguas abajo, percibe el control etíope sobre el caudal como una amenaza directa. Una reducción del flujo pondría en peligro el riego agrícola del que depende su seguridad alimentaria, afectaría la generación eléctrica de la Presa de Asuán, degradaría la calidad del agua potable para 110 millones de personas por la salinización del Delta y golpearía al turismo y transporte fluvial. De allí que la preocupación “existencial” no sea solo una metáfora
Nacionalismo frente a la escasez
Etiopía completó el llenado de la represa, de 74.000 millones de metros cúbicos, el 9 de septiembre de 2025. Al inaugurar la potencia máxima de 5.150 MW en enero de 2026, el primer ministro Abiy Ahmed aseguró: “Etiopía construyó la presa para prosperar y electrificar la región, no para perjudicar a sus hermanos“. Para un país donde el 45% de la población carece de luz y que aún restaña las heridas de la Guerra de Tigray (2020-2022), un conflicto interno que dejó 600.000 muertos y denuncias de limpieza étnica, la represa pasó a ser un símbolo y un catalizador de un nacionalismo capaz de unificar una nación fragmentada y empobrecida. Otro efecto de la guerra fue el giro político que dio Abiy Ahmed, el Nobel de la Paz de 2019 que Occidente encumbró por su acuerdo con Eritrea, y que ahora terminó dando la espalda a sus antiguos aliados tras las críticas occidentales por la guerra interna del Tigray. Hoy, plenamente integrado a los BRICS y cercano a Rusia y China, Ahmed utiliza la GERD como su carta de presentación de estabilidad política y promesas de desarrollo económico.
Lo límites de la diplomacia
A este conflicto político por el control del Nilo, se suma el impacto del el cambio climático. La creciente escasez de agua en la región, como en otros lugares del planeta, se ha convertido en una amenaza para la sobrevivencia de millones de africanos. Con sequías más prolongadas y una evaporación acelerada, el Nilo ya no es el recurso inagotable de antes. Esta escasez estructural agudiza las tensiones, ya que cualquier metro cúbico retenido en Etiopía se siente hoy como una pérdida vital para los agricultores egipcios.

Si bien está vigente desde 1977, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho de los Usos de los Cursos de Agua Internacionales para Fines Distintos de la Navegación, instrumento que busca equilibrar los derechos de los países que comparten cursos de agua internacionales, ninguno de los dos países lo ha firmado por considerar que aceptar los términos de esta Convención sería poner en riesgo lo que consideran sus derechos sobre el cauce. Adis Abeba prefiere la aplicación del Acuerdo Marco de Cooperación de la Cuenca del Nilo (CFA), suscripto en Uganda en el 2010 y que entró en vigor en 2024 mientras que Egipto se inclina por sostener los acuerdos coloniales de 1929 y 1959, que le otorga un derecho de veto y el uso mayoritario del caudal. Etiopía, por el contrario, rechaza estos acuerdos ya que considera que no tiene obligación de respetar los tratados firmados por los antiguos colonizadores de África (Doctrina Nyerere).
Mediadores y el retorno de la realpolitik
Ante los hechos consumados, Egipto ha pasado de las amenazas militares de los tiempos de Morsi y Al-Sisi a una propuesta conjunta de gestión técnica: un acuerdo vinculado a caudales de reserva para épocas de sequías y un arbitraje internacional para saldar diferencias. Pero Etiopía desconfía y se opone a la intervención de tercero actores extraregionales, exigiendo “soluciones africanas para problemas africanos”.

Aquí es donde entra el factor externo. La administración de Donald Trump ha irrumpido en este 2026 con su conocida diplomacia transaccional, buscando asegurar la estabilidad del Canal de Suez y frenar la influencia china en el Cuerno de África. Es evidente que la injerencia de Estados Unidos en la crisis del Nilo no responde a una súbita preocupación por el estrés hídrico que sufren los africanos, sino a la protección de sus propios intereses.
Con Egipto y Etiopía ya sentados formalmente en la mesa de los BRICS+, Washington ha interpretado que dejar la resolución del conflicto en manos de la mediación china o rusa equivaldría a firmar su retiro del noreste de África. El Trump mediador ha puesto sobre la mesa el Pacto de Estabilidad del Nilo, que es una combinación de amenaza, mano dura y chequera generosa. Previsiblemente Egipto apoya los términos del acuerdo técnico propuesto, mientras Etiopía ha rechazado la propuesta ya que la considera una intromisión “neo-imperialista” que favorece los intereses egipcios. Adís Abeba insiste en que cualquier acuerdo debe nacer bajo el marco de la Unión Africana.
A su vez los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y, en menor medida, Qatar ven en esta disputa una amenaza directa a su seguridad alimentaria y a sus multimillonarias inversiones en infraestructura. Los EAU son dueños en Etiopía de vastas extensiones de tierra agrícola para exportar alimentos al Golfo Pérsico. Además, ven en la energía barata de la GERD una oportunidad para sus planes de minería y centros de datos en el Cuerno de África. Además, en Egipto son el principal sostén financiero del gobierno de Al-Sisi. Recientemente compraron la península de Ras el-Hekma por 35.000 millones de dólares, para desarrollos urbanos y turísticos. Por su parte Arabia Saudita también tiene cuantiosas inversiones en megagranjas, tanto en Etiopía como en Sudán. Por su parte Qatar ha invertido en proyectos de agroindustria en Sudán y busca expandirse en el sector energético etíope.
¿Solución importada o acuerdo entre vecinos?
A pesar del montaje de la mediación estadounidense, el secreto de una paz duradera no está en Washington que ha demostrado tener como una larga historia de fracasos. Estas intervenciones solo son parches que ignoran la realidad local. La Unión Africana sostiene que solo un marco nacido en el continente garantizará un reparto equitativo.
En última instancia, si Egipto y Etiopía logran minimizar las presiones de sus aliados que juegan sus propios intereses geopolíticos, podrían arribar a la conclusión que un acuerdo directo, lo que pareciera ser la única forma de gestionar el río que los une.

El Nilo, que ha sido testigo del ascenso y caída de imperios, enfrenta hoy su desafío más concreto: dejar de ser una barrera para convertirse en un puente de cooperación. La verdadera prueba para Egipto y Etiopía, dos de los nuevos socios de los BRICS, en este 2026 no es quién logra imponer su voluntad, sino quién tiene la capacidad de entender que el río no pertenece a un país, sino a los millones de seres humanos que utilizan este recurso natural para vivir.
Si Adís Abeba y El Cairo no logran sellar un pacto de vecindad, el ‘Renacimiento’ etíope corre el riesgo de ser recordado no por su energía, sino por haber sido el detonante de un conflicto que ninguna potencia externa podrá reparar.
En definitiva, así como el agua siempre encuentra su camino, la pregunta es si los líderes de la región sabrán imitar este ejemplo del Nilo, un río místico y legendario que viene acompañando al ser humano africano desde los albores de la civilización.
