El autor analiza los recientes acontecimientos en Irán a la luz de la geopolítica global y regional. Sostiene que en el contexto de un mundo multipolar actual inciden Estados Unidos, China y Rusia como hegemones universales, al tiempo que se manifiestan otras tensiones entre estados de menor preponderancia relativa que pujan por convertirse en potencias regionales, en particular Israel.

Por Mario José Pino *

La protesta sin precedentes en Irán, pidiendo el cambio del régimen clerical, han cedido merced a la represión violenta y fatal, pero las tensiones geopolíticas global y regional en cuyo marco se da, continúa.

El mundo multipolar actual que sucede al unipolarismo que siguió al bipolarismo de la posguerra se reacomoda, básicamente, alrededor de la incidencia universal de los hegemones de Estados Unidos, China y Rusia. Otras tensiones se dan entre estados de menor preponderancia relativa que pujan por convertirse en potencias regionales capaces de construir una referencia excluyente en un marco geográfico más reducido como Israel y el Medio Oriente, tablero donde juegan los tres actores globales y los regionales.

El marco de reacomodamiento estratégico regional cuyo centro es Jerusalén está marcado por la decisión del primer ministro Benjamín Netanyahu de construir el Gran Israel, de características religiosas, étnicas, raciales y culturales que geográficamente se compone, a partir del estado judío establecido en 1948, de Cisjordania (territorio palestino bajo ocupación militar) y la Franja de Gaza (también territorio palestino). Hay argumentos para sostener que el “espacio vital” que Israel pretende comprenda territorios del sur de Líbano y de Siria, la Orilla Este de Luxor (East Bank), del Sinaí y del Jordán. La unidad racial, cultural y religiosa del Gran Israel, depende de dos factores: uno interno, la unidad demográfica -para lo cual la presencia de la numerosa población palestina es un serio obstáculo-, y otro externo, el debilitamiento extremo de los estados circundantes.

Jordán y Egipto son dos estados absolutamente dependientes de los Estados Unidos imposibilitados de resistirse a las demandas de Washington e incapaces de tomar de decisiones propias -aunque la dependencia no fue suficiente para logar, al menos hasta ahora, que se convierta, especialmente Egipto, en receptores de la expulsión palestina de Gaza. Otro método para lograr fragilidad de vecinos inconvenientes es la que se ha impuesto en Siria e Irak, esto es, fragmentación del poder político interno, división irresoluble entre las facciones y un estado fallido. Es lo que se procura de Irán. En Oriente Medio lo que hace Israel está estrechamente vinculado en su totalidad a los diseños estratégicos y tácticos de los Estados Unidos, aunque puedan surgir contradicciones e inconsistencias como en la propuesta de Trump del ”Consejo para la Paz de Gaza”.

Mientras se desarrollaban conversaciones diplomáticas entre Washington y Teherán, en las que la cuestión nuclear habría avanzado sustancialmente, el lunes 29 de diciembre pasado se reunieron Trump y Netanyahu en Mar-a-Lago; las discusiones centrales fueron sobre nuevos ataques, “la segunda  ola”, a Irán. El día anterior al encuentro comenzaron las protestas, de masividad inédita superior a las que tumbaron al Sah Reza Pahlavi en 1979, en 25 de las 30 provincias persas. Las teorías conspirativas no son buenas consejeras de análisis políticos pero los hechos deben ser registrados. El gobierno persa denunció la presencia y participación activa externa de los Estados Unidos y agentes israelíes; el gobierno del régimen convocó a embajadores de países europeos y les exhibió documentación probatoria de participación extranjera, y sobre esa base construyó una fácil defensa en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, independientemente de su rechazo por parte de los aliados de Washington en la ONU. El sosiego de las protestas está acompañadas por la suspensión de ahorcamientos masivos y el restablecimiento de los servicios de internet que fueron interrumpidas por el gobierno de Teherán cuando Elon Musk, en las primeras horas de la protesta se convirtiera en figura activa contra el régimen y en sus sitios al servicio de la insurgencia reemplazará la bandera de Irán por una enseña que evocaba al régimen del Sah Reza Pahlavi, tratando de crear una unidad simbólica ausente en una oposición fracturada y sin liderazgo. 

 La verborragia temeraria e incontrolada de Donald Trump habitualmente deja a la primera potencia en un juego distinto al que reflejan las palabras de su líder. En este caso, afirmaciones como “Irán está mirando la libertad como nunca antes y los Estados Unidos está lista para ayudarlo”, “América está lista para acudir al rescate”, “Si se reprime con sangre a manifestantes pacíficos haremos justicia”, o, “Sabemos dónde se esconde Alí Jamenei y sus secuaces y allí atacaremos” si bien expresaron hipótesis concretas – y discutibles- de acciones militares contra el régimen también dejaron entrampado al propio presidente Trump que, aunque pudiera acordar, aún con el propio Irán, algunas acciones que puedan lavar la cara se orientan a retomar el camino de la diplomacia y la negociación con el sólido y consistente régimen de los ayatolas. Pareciera que la sola y anárquica protesta no ha sido suficiente para horadar el sistema político, religioso y militar iraní y provocar su colapso al que apostaron Washington y Tel Aviv, siempre interesado en el conflicto in extremis entre Estados Unidos y sus vecinos árabes.

Las opciones militares de la Doctrina Trump se orientan a intervenciones rápidas y de bajo costo que aseguren su retiro inmediato del teatro de operaciones, como han sido las siete invasiones encaradas en el último año. En Irán, la opción de intervención militar directa y masiva encontraría al Presidente Trump “traicionando” sus ideas de América First ya que, lejos de cumplir sus deseos y promesas de alejarse y no comprometer al pueblo norteamericano en guerras lejanas y costosas ya que en vez de retirarse de escenarios en los que está atrapado y con dificultades para alejarse -Ucrania y Oriente Medio- quedaría más comprometido en ellos.

Ataque de Estados Unidos a Irán en junio de 2025

El peligro cierto que las fuerzas iraníes puedan alcanzar las instalaciones militares estadounidenses en el Golfo y la fuerte presión a Washington de los otros actores regionales, Qatar, Arabia Saudita y Omán, y también Turquía, a favor de continuar con la opción diplomática parecen inclinar la balanza y, hasta Israel pareciera haber cambiado su posición de impulsor de la opción militar ante las limitaciones que impone la oposición férrea de países antes mencionados. Quizás se esté buscando la manera de lavar la cara de Washington y puedan devenir algunas acciones limitadas.

China y Rusia, aún distantes, también han movido fichas -Putin más directa y personalmente- pero más allá del relato expuesto, lo claro es que, pese a la sangre derramada en las protestas, el interés de Washington está muy lejos del establecimiento de regímenes democráticos, la defensa de los derechos humanos o la vigencia de valores de la libertad; la prioridad es la posibilidad de desarrollar negocios que solamente se pueden lograr en regímenes estables, evitar que Irán caiga totalmente bajo la égida de China, que Teherán limite su capacidad atómica y misilística y que deje de aportar a las fuerzas “terroristas” de la región. Todos esos puntos están en la mesa y ante la dificultad de defenestrar un sistema e imponer otro afín que asegure orden y resultados, es posible que la ambición de Netanyahu en Irán deba esperar. La verborragia de Trump quedará en el olvido, ahora el tema es Groenlandia que fractura la alianza atlántica y el Consejo para la Paz que es una bomba a la línea de flotación de la ONU.

* El autor es abogado y diplomático

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Atlántico Sur, UN OCÉANO, TRES CONTINENTES

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