El “Global Mutirão” ha dictado sentencia. La Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático (COP30) en Belém se cerró con un acuerdo adoptado por las 194 partes, un documento que, si bien cosechó logros fundamentales en financiación de bosques y adaptación, profundizó la brecha entre lo posible y lo necesario. En este escenario de naufragio climático, Brasil ofreció la audacia, la Amazonía y la hoja de ruta para intentar salvar los restos. La pregunta en el Atlántico Sur es obligada: ¿Quedará un margen de sensibilidad y razón para que el Norte aproveche la oportunidad antes del colapso climático?
Por Jorge Poblette
Si algo quedó claro luego de terminar la Cumbre sobre Cambio Climático de Naciones Unidas realizada en Brasil, conocida como COP30, es que los países Sur Global ya no son espectadores pasivos de su propia tragedia. Es posible que la historia juzgue lo ocurrido en Belém do Pará bajo dos luces muy distintas: por un lado, la audacia y el liderazgo de Brasil, que intentó impulsar un cambio de rumbo planetario; y por el otro, la mezquindad geopolítica del Norte Global, que prefirió una vez más tapar la urgencia climática con promesas mezquinas de dinero que no alcanza para cubrir los graves daños que ellos mismo infringieron a la tierra.

Es necesario comenzar este balance con un reconocimiento justo. Brasil no solo organizó una cumbre, política y ambiental en la Amazonía, sino que con esta decisión obligó al mundo a que mirara, con sus propios ojos, cuál es el corazón del problema que aqueja a la humanidad. La estrategia del presidente Lula de llevar el mundo a Belém fue un acto de coraje e inteligencia. Con ello obligó a los funcionarios, diplomáticos y los burócratas de aire acondicionado a sentir la humedad y el calor, pero también a experimentar la fragilidad del ecosistema que nos mantiene respirando.
Pero el mérito brasileño fue más allá de la elección de ese escenario natural, de esa geografía amenazada. Se pudo ver, quizás por primera vez con tanta fuerza, una COP Social. De las cincuenta mil almas que circularon por los pasillos y las mesas de del cónclave, no todas las discusiones y decisiones quedaron en manos de los tecnócratas. La Cumbre se abrió también para los jóvenes y las comunidades originarias como los mundurukus, quilombolas y otros pueblos indígenas amazónicos, quienes pasaron de ser el toque exótico y folclórico de esto encuentros a sentarse como negociadores con voz y voto. Ese “Mutirão” global, multicultural, participativo fue extraordinario y es otro de los legados que Brasil le deja al multilateralismo.

También hay que destacar la honestidad del presidente de la COP30, André Corrêa do Lago, al proponer una Hoja de Ruta para limitar el aumento de la temperatura promedio global a no más de 1.5° C para fines de siglo. No se debe olvidar que ya el año 2024 fue oficialmente el año más caluroso jamás registrado desde que comenzaron los registros modernos en la década de 1850. La delegación brasilera puso sobre la mesa lo que la ciencia exige y lo que muchos políticos temen: señalar a los combustibles fósiles con nombre y apellido como responsables del calentamiento global y proponer su gradual y definitivo abandono. Que esa propuesta no haya llegado intacta al documento final no fue un fracaso de los anfitriones como señalaron muchos de los asistentes; es la cruel evidencia del boicot de quienes llegaron condicionados a la Cumbre o de quienes fueron expresamente a hacer lobby para proteger intereses económicos. Aquí hay un aspecto a considerar: Todas las decisiones y declaraciones finales de las COPs se toman por consenso. Significa que se requiere la aprobación unánime de los casi 200 países que asistieron a la Cumbre para adoptar cualquier compromiso. Un solo país, por pequeño que sea, puede bloquear una declaración.

¿Qué pasó entonces? Aquí es donde el análisis debe ser preciso para no caer en simplismos. Se conformó una alianza entre la Unión Europea, que a pesar de llegar dividida con Polonia e Italia rechazando la iniciativa, se alineó con los estados insulares y con los países progresistas de la región, como Colombia, exigiendo un calendario vinculante para ponerle fin a los combustibles fósiles. Sin embargo, este bloque se estrelló contra la pared inamovible de los grandes productores de petróleo y gas, que se opusieron a cualquier alusión que amenazara su negocio. Es por eso que los términos petróleo, gas y carbón, no aparecen mencionados en el documento final. Tampoco superó ese obstáculo, como ya lo señalamos, la propuesta brasileña de trazar una hoja de ruta para esa transición energética. Como lo dijo el secretario general de la ONU, António Guterres: “Demasiados líderes siguen cautivos de los intereses fósiles”.
En tono resignado los europeos admitieron que las metas conseguidas no eran lo suficientemente ambiciosas, pero, aun así, celebraron el consenso final como un éxito para mantener vivo el objetivo de 1.5°C. Para el Sur Global, que por el Calentamiento Global pone los muertos y los refugiados climáticos, este “pragmatismo” resulta difícil de aceptar. Celebrar un acuerdo que no fija un camino ni un cronograma para cortar la raíz del problema —los combustibles fósiles— porque ese texto “es lo mejor que se pudo conseguir”, es un exceso que los países vulnerables no pueden permitirse. Aunque los países del Sur Global terminaron adoptando el documento final, para que la COP30 no colapsara, expresaron su decepción por no incluir el abandono de los combustibles fósiles.

Pero tampoco se puede ser ingenuo y reducir el bloqueo en Belém a una simple maniobra de los petroestados. Aquí funcionó un aparato político mucho más oscuro. La resistencia a eliminar los combustibles fósiles se nutrió del relato que levantan las nuevas derechas en el mundo, desde el Estados Unidos de Trump hasta la Argentina de Milei. Estos dirigentes han convertido el negacionismo en una política de Estado que se utiliza como un escudo diplomático para las corporaciones y países contaminantes. Al arropar con su discurso anticientífico a quienes lucran con la extinción, se han transformado en los socios necesarios de quienes destruyen el planeta, brindando impunidad a los que lastiman a la naturaleza y anteponiendo su fanatismo a la supervivencia de la vida.
Hablando de dinero.
La financiación climática es el pilar de la justicia ambiental y no una simple caridad. Para decirlo con sencillez: las naciones industrializadas, que generaron la crisis con sus emisiones de gases contaminante durante siglos, tienen la responsabilidad histórica, moral y legal de pagar. Son las naciones en desarrollo las destinatarias de estos recursos ya que son las más castigadas por el cambio climático y las menos culpables de generarlo. Estos recursos serán una ayuda para que puedan transformar sus economías y proteger a sus poblaciones de los daños que provoca un clima cada vez más destructivo.
Quizá una de las victorias silenciosa de la COP30 fue el cambio en los montos de la financiación. Aunque no se incluyó textualmente en la declaración final, los países miembros acordaron implícitamente ir avanzando hacia un nuevo piso y techo final de financiamiento. El nuevo piso convenido es de 300.000 millones de dólares anuales y el techo de un billón de dólares anuales, meta que debería alcanzase en el 2030. Sin dudas que estas cifras superan con holgura el antiguo objetivo de $100.000$ millones. Esa es la expectativa y el objetivo: que para el 2030 se logre movilizar anualmente un billón de dólares mediante distintos mecanismos para acciones de adaptación y mitigación del Cambio Climático en los países en desarrollo.
Aunque ya se ha dicho hasta el cansancio, hay que remarcarlo: la financiación climática no es una transacción ni una licencia para contaminar; es el pago por una deuda histórica y moral ineludible del Norte Global hacia las naciones en desarrollo. En consecuencia, la entrega de miles de millones de dólares no exime a los países industrializados de su principal obligación: reducir drásticamente sus propias emisiones de gases contaminantes. Hay una verdad que ningún acuerdo financiero puede ocultar: la atmósfera donde se acumulan los gases que destruyen no acepta transar. Si las grandes potencias no reducen drásticamente sus emisiones, no habrá chequera, por abultada que sea, capaz de comprar un boleto para escapar del colapso climático. El dinero no sirve de nada para un planeta que agoniza.

También se debe valorar los recursos conseguidos en la COP30 para los bosques. Los recursos económicos para pagar por los servicios que brinda la selva, como el Fondo Bosques Tropicales para Siempre son victorias tangibles de la COP30. Por fin se comienza a entender que mantener el bosque en pie vale más que talarlo. Tal vez fue la influencia de la Amazonía la que se coló en el centro de convenciones de la Cumbre para recordarles a los hombres y mujeres presentes en Belem, quién es la verdadera anfitriona y dueña del futuro del planeta.
A modo de conclusión.
En conclusión, la COP30 fue el escenario donde Brasil demostró que el Sur tiene dignidad, capacidad y liderazgo. Se logró proteger los bosques y sentar a nuestra gente en la mesa. Pero también fue el recordatorio de que el sistema multilateral, tal como existe hoy, a la vez que defenderlo hay que mejorarlo. No se puede permitir que el interés de unos pocos petroestados bloqueen el bienestar de la mayoría, con la complicidad de los países ricos que prefiere un acuerdo débil a una ruptura.
Mientras Brasil se ponía a la cabeza de la lucha contra el Cambio Climático, no se puede decir lo mismo de la delegación nacional. La alineación de Argentina en la COP30 fue ideológica y pasiva, una postura que contrastó con el resto de Sudamérica y que significó el autoaislamiento del bloque histórico del Sur Global. Su esfuerzo por bloquear el consenso climático lo puso en el mismo lugar que los grupos de presión de Estados Unidos, tink tanks conservadores y lobistas de combustibles fósiles que promueven la desregulación total. A esto se suma que, por indicación del presidente Javier Milei, la delegación argentina ya se había retirado de grupos claves en la COP29 perdiendo así la posibilidad de influir en las negociaciones del nuevo Fondo de Financiamiento Climático 2026-2030, vital para el Sur Global. En Belém, aunque la delegación asistió a las discusiones del Acuerdo de París, donde se define la ayuda, lo hizo sin voz ni voto efectivo. Así se hizo evidente la contradicción de un país que padece la crisis climática, pero se convierte en la voz que justifica la inacción y se autoexcluye de la mesa donde se reparte la ayuda.

Desde el resto del Atlántico Sur, la lección que dejó la COP30 es clara: la justicia climática y la transición energética justa no vendrá regalada en un documento de la ONU; habrá que seguir luchando, con la misma fuerza con la que naturaleza se resiste a ser aplastada por la avaricia y la cobardía de los poderosos.
