La presencia de India, Brasil y Egipto en la cumbre de Francia confirmó una doble transformación: el Sur Global reclama un lugar propio en las grandes decisiones internacionales y el G7 debe aceptar que el mundo ya no gira a su alrededor. Más que elegir entre Occidente y los BRICS, los países emergentes priorizan convertirse en actores de un poder cada vez más disperso y negociado.

Por Jorge Poblette

Luego de tres días de deliberaciones, concluyó la Cumbre del G7 en Évian-les-Bains, en la Alta Saboya francesa. La “Declaración de los líderes del G7 sobre cuestiones geopolíticas” —un título que por sí mismo habla de las tensiones del orden internacional— se inicia con una manifestación de apoyo y promesas de ayuda a Ucrania, además de celebrar el principio de entendimiento entre Estados Unidos e Irán, definidas en el texto oficial como un logro “alcanzado bajo el firme liderazgo del presidente Trump”. No equivocarse. La diplomacia del G7 no celebra al republicano, sino al alivio económico que representa, de poder sostenerse el acuerdo, la apertura del estrecho de Ormuz.  

Donald Trump, Presidente de los Estados Unidos llegando al G7 Foto: Swissinfo

Sobre ambas cuestiones, los mandatarios firmantes dijeron estar plenamente “unidos”. Sin embargo, la palabra parece excesiva para una alianza claramente fracturada, donde los europeos han criticado abiertamente la decisión de Washington de iniciar la guerra contra Irán sin consultarlos. Mientras Trump, por su parte, tampoco se privó de humillar a sus socios noratlánticos por no acompañarlo en su aventura bélica en Medio Oriente, amenazando incluso con retirar las tropas estadounidenses de Europa.

Pese a todo, los líderes europeos adoptaron un tono conciliador; toleraron los desplantes y las profundas divergencias que tienen con Trump en materia defensa, aranceles y cambio climático con un único fin: comprometer a los Estado Unidos a mantener un “apoyo inquebrantable a Ucrania”, un tema que casi ha desaparecido de la agenda del presidente republicano luego de iniciada la guerra con Irán. Ayudó, sin duda, que el propio mandatario ucraniano, Volodímir Zelenski, dijera presente en la cumbre. También los asistentes exigieron un alto el fuego en el Líbano y apoyan los esfuerzos de las autoridades libanesas para lograr el desarme de Hezbolá.  Al fin y al cabo, se comprenden las necesidades políticas de una alianza resquebrajada que recurre a un lenguaje forzado, tanto para disimular lo que ya es evidente como para resguardar un margen político y diplomático que les permita seguir dialogando.

Paradójicamente, los miembros del bloque que integran Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Japón, en conjunto con la Unión Europea abogaron, en el documento final, por un mundo más estable y manifestaron su “interés común en converger con otras grandes economías en torno a las causas de los grandes y persistentes desequilibrios globales”. Otro eufemismo para no reconocer que son ellos mismos los que han incendiado el sistema internacional con intervenciones militares, imposiciones unilaterales de aranceles, amenazas de sanciones, desplantes diplomáticos y otros desmanejos que solo se explican por su afán irrefrenable de preservar sus propios privilegios.

Los socios que el G7 ya no puede ignorar.

Lo cierto es que el sistema internacional se torna cada día más complejo y los países reunidos en el G7, no parecen estar tomando seriamente en cuenta el crecimiento del Sur Global. Este espacio constituye hoy un sujeto geopolítico y económico del nuevo orden global. Aquí convergen naciones con intereses y problemas comunes pero que comienzan a coordinar esfuerzos y a actuar como contrapeso a las dinámicas de poder que dominaron las decisiones durante las últimas décadas. Ha quedado atrás el tiempo unipolar en que las decisiones del Grupo de los Siete definían el rumbo político, económico, comercial y financiero del planeta. Hoy ese escenario es muy distinto e ignorarlo representa un serio riesgo político.

El gesto del G7 de invitar a países del Sur Global a sus reuniones, como sucedió en Francia, no debe interpretarse como un acto de generosidad o paternalismo de los países desarrollados, sino como un síntoma que permite variadas lecturas. Por un lado, es el reconocimiento tácito de que existen nuevos competidores dispuestos a desafiar el estatus quo y con poder suficiente para modificarlo. Por el otro, evidencia que el bloque sufre serios problemas internos y necesita legitimarse abriendo el juego a naciones que tradicionalmente ignoraba. Sin embargo, en medio de la desastrosa guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, la continuidad del conflicto Rusia-Ucrania y una creciente presión sobre los mercados energéticos globales que “han tenido un impacto devastador en el Sur Global”, según señaló en esa reunión el primer ministro indio Narendra Modi, el resultado de la Cumbre fue francamente decepcionante: terminó con la firma de un documento final conceptualmente pobre y claramente defensivo.

Los países del Sur Global que fueron invitados por la presidencia francesa del G7 fueron:

India: La intervención de India en el G7 fue, en muchos sentidos, la expresión más clara de la nueva diplomacia de las potencias emergentes. Narendra Modi no habló de bloques, de alineamientos ni de una disputa con Occidente. Su discurso se centró en la confianza, la solidaridad y de asociaciones entre iguales. Sostuvo que el mundo no padece una escasez de recursos sino un problema de confianza y reclamó dejar de lado las relaciones entre donantes y receptores en favor de lazos más horizontales. El mensaje fue claro: India no pretende incorporarse subordinadamente al orden occidental ni reemplazarlo por otro liderado por China. Aspira a un sistema internacional más plural, en el que las grandes decisiones se construyan mediante la negociación donde el Sur Global deje de ser un objeto de la política internacional para convertirse en uno de sus protagonistas.

Presidente de Brasil, Inácio “Lula” Da Silva y Primer Ministro de la India, Narendra Modi Foto: Gobierno de Brasil

Brasil: Este gigante del Sur Global, representado por Luiz Inácio Lula da Silva, resaltó la necesidad   de defender una nueva solidaridad internacional, capaz de reducir las desigualdades entre los países ricos y los países en desarrollo.  Además, Lula abogó por una mayor inversión en las economías del Sur Global, la reforma del sistema financiero internacional, la industrialización de los países con reservas de minerales críticos, la regulación de las plataformas digitales y una gobernanza multilateral de la inteligencia artificial. Lula también presentó las iniciativas brasileñas en los ámbitos de la lucha contra el hambre, la conservación de los bosques, la protección de los niños y adolescentes en Internet y la preparación para futuras pandemias.

Egipto: El presidente egipcio, Abdel Fattah al-Sisi, también fue invitado por el presidente francés, Emmanuel Macron, a participar en la sesión del G7.  Egipto puso sobre la mesa el tema de la guerra en Gaza, la estabilidad regional, la cooperación económica y la migración. Asimismo, reiteró el apoyo de Egipto a los acuerdos regionales que aborden la seguridad hídrica, la seguridad energética y las rutas marítimas, al tiempo que reiteró el llamamiento de El Cairo a favor de un Oriente Medio libre de armas nucleares y otras armas de destrucción masiva. El presidente egipcio pidió un alto el fuego inmediato, mayor asistencia humanitaria y el retorno a un proceso político que busque una solución de dos Estados. Sostuvo que no existe alternativa a una resolución justa y duradera del problema palestino mediante el establecimiento de un Estado palestino independiente dentro de las fronteras de 1967, con Jerusalén.

Donald Trump, Presidente de Estados Unidos y el Presidente de Egipto, Abdelfatah el-Sisi Foto: Alarbiya

Kenia: Representado por su presidente William Ruto, actuó de hecho como la principal voz del África subsahariana. Hay sobradas razones para sostener que África se ha transformado en uno de los principales escenarios de competencia económica y geopolítica del siglo XXI. No solo por sus recursos naturales, en especial tierras raras, sino también por un mercado en crecimiento, rutas comerciales estratégicas, una demografía joven, una creciente capacidad de negociación política y un campo de disputa de fondo de los países occidentales con China. No es que el G7 quiera sumar a los países africanos a las discusiones sobre el rumbo de los asuntos globales, sino evitar que China, Rusia y los BRICS monopolicen las relaciones con África.

El presidente de Kenia, William Ruto junto al presidente francés Emmanuel Macron Foto: Tanzania Insight

Menos publicitados, pero igualmente sintomático, resultó la sesión que reunió a los líderes de Qatar y los Emiratos Árabes Unidos —el jeque Tamim bin Hamad Al Thani y el jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan— junto con los dirigentes del G7, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. El formato en sí fue revelador. En un momento en que la guerra en Gaza, las tensiones con Irán y la inseguridad en el Mar Rojo afectan cada vez más al comercio mundial y la seguridad internacional, el G7 incorporó directamente a los actores regionales al debate. Aquí también el interés por la paz en Oriente Medio y la seguridad del Mar Rojo aparece estrechamente relacionada a la necesidad de preservar la estabilidad energética, comercial y financiera del sistema internacional, pero en especial de los propios miembros del G7.

El pragmatismo de las potencias emergentes.

Sin dudas que puede llamar a confusión la foto de India, Brasil y Egipto sentado en la mesa del G7. Pero no se debe olvidar que detrás de esa imagen también se proyecta la sombra de China, cuya importancia económica y estratégica explica buena parte de los esfuerzos occidentales por seducir a las potencias emergentes y ampliar el diálogo con el Sur Global. De igual manera esa imagen de algunos miembros de los Brics en la Alta Saboya francesa, no es una contradicción. Por el contrario, es una imagen que grafica una nueva forma de distribución del poder.  Mientras las viejas potencias insisten en funcionar bajo supuestos de hegemonía que poco tienen que ver con esta nueva realidad internacional, los BRICS se han convertido en una expresión de un mundo más abierto y multipolar. Sus miembros más importantes ya no piensan exclusivamente en términos de pertenencia a un bloque. India, Brasil y Egipto, por ejemplo, han aprendido a sentarse en más de una mesa, y a traducir esta capacidad de diálogo en una nueva fuente de poder.

Presidente de Emiratos Árabes Unidos, Jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan con autoridades de la Unión Europea Foto: Maribero

India es quizás el caso más visible de este patrón. Preside los BRICS este año, convive pragmáticamente con China a pesar de la mutua desconfianza, participa junto a Estados Unidos, Japón y Australia en el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral del Indo-Pacífico, continúa comprando armamento ruso y, al mismo tiempo, es recibida como invitada en la mesa del G7. India no quiere verse obligada a elegir entre uno y otro espacio. Aunque es la cuarta economía mundial, el FMI aún lo considera un país emergente.

Brasil sigue una lógica parecida. Es uno de los miembros fundadores de los BRICS y reclama una reforma de la gobernanza global que de mayor representación al Sur Global. Pero también necesita inversiones, tecnología y mercados. Por eso conversa con China, Estados Unidos  y mantiene abiertas las puertas de ambos mundos. Brasil no quiere reemplazar un orden por otro. Lo que sí busca es ganar margen de maniobra dentro de un sistema cada vez más heterogéneo.

Egipto, por su parte, se incorporó recientemente a los BRICS y, sin embargo, continúa siendo un interlocutor fundamental para Europa y Estados Unidos en cuestiones tan delicadas como Gaza, el Canal de Suez, las migraciones y la estabilidad de Oriente Medio. Su valor estratégico radica precisamente en esa capacidad de hablar con todos y resultar necesario para todos.

El bloque de países emergentes del Sur Global, incluyendo los Brics tiene hoy un altísimo potencial demográfico y el control predominante de las materias primas más críticas, representando cerca del 50% de la población mundial y el 40% del PBI, aunque conviven con una heterogeneidad política muy alta. Mientras que el G7, con una población que apenas representa el 10% de total global, hoy aporta un 44% del PBI total, un 20% menos que hace dos décadas.  

No hay dudas que los países que integran el G7 deberán aceptar que ya no son el centro que decide e impone. El mundo está en transición y lo que aparece en el horizonte es la demanda de un sistema más inclusivo, plural y equilibrado. Por su parte, los países del Sur Global tienen ya una enorme responsabilidad en la estabilidad y desarrollo del mundo emergente. Necesitan más instituciones, más organizaciones y sostener las banderas de la solidaridad, la cooperación y el de  la reducción de desigualdades entre el Norte y el Sur.

Jorge Poblette
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