Por Carlos Ulanovsky (*)

Frente a la hoja en blanco, me preguntaba como definir a Edgardo. ¿Un aventurero? No. Mejor, un buscador y propiciador de aventuras. Y eso desde chico, protagonista de experiencias, muchas de ellas extremas. Fue testigo del asesinato de su papá, víctima de una interna del peronismo en el oeste del conurbano: creció luego en una familia tan querida como, según el mismo define, violenta y rota; más adelante, a los 18 años, con el

servicio militar ya cumplido tomó la decisión de sumarse a las fuerzas que participaron de la guerra por Malvinas en donde pasó lo que todos sabemos que pasó; después, su regreso a la tierra de la incertidumbre y el olvido en donde los dolores vienen y tardan mucho en irse; y, también, la posguerra y la reconstrucción, en refugios como la radio, el periodismo, la docencia, corresponsalías en medios extranjeros y como autor de un libro sobre la guerra que por cabal, oportuno y sincero se volvió un clásico y hasta llegó al cine.

En noviembre de 2020, en plena pandemia, un hecho, en apariencia casual como causal, lo convoca al pasado, temible zona de la existencia que no hay vacuna capaz de mitigar. Parafraseando el título de su primera novela, un golpe sacude a su ventana sentimental. Es algo que sucedió y que regresa con tanta fuerza como si no hubieran pasado 40 años o más. Después de la rendición, todavía prisionero de guerra, próximo a volver a la Argentina, durante una revisión de rutina, un soldado inglés lo obliga a desprenderse de sus muy pocas pertenencias, entre ellas, la cédula militar con la que el ejército argentino lo acreditaba como soldado raso. Pasa el tiempo y se entera que, en Inglaterra, un sitio de internet lo ofrece como souvenir de guerra y al mejor postor. Allí inicia una de sus últimas batallas, y lo digo así porque con Edgardo nunca se sabe. Procurando rescatar su documento se expone a confrontaciones, a veces previsibles, a veces inesperadas, pero que, en conjunto, le otorgan un nuevo sentido a su vida. Consulta con familiares, con amigos, con especialistas, con funcionarios de la diplomacia y hasta pasa por los scaners de la Scotland Yard. Cada uno de sus consultantes lo acompañó como pudo, pero, en principio, ninguno le prometió un final feliz. María Rosenfeld, su compañera de vida, le pronosticó que este desafío al que se exponía lo terminaría enfermando. El vaticinio no se cumplió, pero (somos argentinos) todos sabemos que puede ocurrir cuando la procesión va por dentro. Allí se inicia un camino que, aprovechando que estamos en semana santa, podemos calificarlo como calvario.

Entre tantas y tamañas pérdidas, ¿qué significado tiene perder una cédula de identidad? Mucho, porque los significados son simbólicos y afectivos. Cualquier guerra exige la despersonalización de los combatientes en pos de una entrega indispensablemente colectiva. Nunca estuve en una, y lo celebro, pero estoy seguro que en un espacio semejante se borran pasado y presente e inquieta sobremanera el futuro. Quedarse sin identificación supone una forma de muerte civil. Edgardo tenía 18 años. Estaba en edad todavía de perder todo lo que se le diera la gana. Ese estadío de edad y de distracción lo autorizaba a no saber dónde habían quedado ciertas cosas. Pero el extravío no fue de esa naturaleza, sino que fue una clara prueba del enfrentamiento entre el bien y el mal. El carnet con su foto juvenil y su nombre había aparecido a miles de kilómetros. Me viene Discépolo a la cabeza y no me privo: “Igual que la vidriera irrespetuosa/de los cambalaches, se ha mezclao la vida/ y herida, por un sable sin remache/ves llorar la Biblia junto a un calefón”.

Resulta que este cambalache hablaba inglés y se ofrecía (apelo al textual del libro) como “memorabilia de guerra” desafiando (después de todo jugaban de locales) el hecho de que toda “documentación militar y/o personal obtenido en cautiverio es algo sancionado por la Convención de Ginebra”. En lugar de dejarlo pasar, Edgardo tomó la decisión enfrentar al despojo.

Sobre lo que pasó después – una lucha personal, humana, psicológica, policial y diplomática – yo ya dije bastante. Lo demás se lo contará, ampliado y mejorado, esta novela, cuya lectura recomiendo. No sé del todo bien si personajes como Russel, Sinclair, Calloway y otros apellidos ingleses existieron en la realidad, pero sus apariciones son la confirmación

del arrebato histórico a las islas. Lo que también quiero decir es que descrean de su título. A esta peleador le quedan todavía muchas otras batallas. Ya una cumplió. Después de recuperar el documento volvió con su hijo menor a Malvinas, con la mochila cargada de sentimientos encontrados, con el cuadradito de cartón desgastado a buen resguardo en el bolsillo izquierdo del abrigo y con León Gieco como polizón musical.

¿Cuál será su siguiente paso? ¿El excelente movilero y hábil productor que fue, montará el streaming Atlántico Sur?; ¿se meterá en la política nacional? ¿o en la de Ríver?; ¿montará una exposición itinerante con las 44 fotografías que también pudo recuperar?: ¿escribirá el guión de La última batalla para que alguien la filme?; ¿publicará un nuevo libro en Marea? Algo hará, como el buen iluminado por el fuego de la acción que es. Desde siempre, desde que nació.

Felicitaciones Edgardo.

Muchas gracias.

(*) Carlos Ulanovsky es periodista y escritor

pAS
Atlántico Sur, UN OCÉANO, TRES CONTINENTES

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