Bajo el liderazgo de una nueva generación de dirigentes, Mali, Burkina Faso y Níger, la Alianza de los Estados del Sahel, rompen sesenta años de tutela neocolonial y reclaman su derecho a participar de un orden global que hoy los racializa y margina. Ibrahim Traoré preanuncia el advenimiento de un “invierno negro” que ya se ha puesto en marcha.

Por Jorge Poblette

Africa apenas existe en los medios de comunicación o en los análisis de los expertos en geopolítica. Cuando este cerco se rompe, es para mostrar prejuicios y clichés sobre guerras, hambrunas, golpes militares y miseria mientras se oculta la extraordinaria complejidad de los procesos que atraviesa ese continente.

La construcción de este relato no es casual: es imponer la invisibilidad como parte de la dominación. La narrativa busca infantilizar África, presentándolo solo como beneficiario de la caridad occidental y nunca como un interlocutor político con entidad propia. En esta sesgada cosmovisión, este continente es reducido a un objeto de lástima y misericordia, borrando su identidad como sujeto político capaz de definir y construir su propio destino.  Ese silencio impuesto, esa ausencia de África como protagonista, es un instrumento de control tan eficaz como la deuda externa o las bases militares.

Mientras esta mirada prejuiciosa anclada en siglo pasado persiste, África está viva, cambia y busca rehacer su propia identidad política y cultural en medio de grandes tragedias, pero también de nuevos proyectos y liderazgos. En el Sahel este proceso ha alcanzado un punto de no retorno. En el contexto del reacomodamiento profundo de fuerzas a nivel global y con el ascenso de los BRICS como nuevo polo de poder, el Sahel entró en un proceso de rápida ebullición política que erosionó la legitimidad europea, en especial de Francia y sus prácticas injerencistas, y abrió paso nuevos movimientos soberanistas, con base popular y un fuerte componente anticolonial.

 Hoy el Sahel diversifica sus alianzas internacionales, evitando caer en nuevas dependencias políticas o económicas. Por decisión de las nuevas administraciones, Rusia y China han ganado protagonismo en la región, convirtiéndose en las herramientas de una nueva dirigencia que, si bien rechaza las condiciones impuestas por el atlantismo, es consciente de los riesgos del aislamiento internacional y de las ventajas de asociarse con estos miembros prominente de los BRICS.

 Para entender lo que sucede en esta región, primero hay que mirar el mapa. El Sahel es una franja en el desierto; es un territorio de transición de más de 5.400 kilómetros que cruza el continente desde el Atlántico hasta el Mar Rojo. De norte a sur, es el cinturón que separa el Sáhara árido de las sabanas tropicales del continente africano, un lugar donde hoy viven cerca de 400 millones de personas, con más de un 60% de población joven que no supera los 24 años.

Mapa del Sahel. Cambio 16

Aunque geográficamente abarca más de una decena de naciones, el epicentro del cambio político se da en el corazón del Sahel:  Mali, Burkina Faso y Níger. Estos tres países, ahora unidos en la Alianza de los Estados del Sahel (AES), ex colonias francesas a las que se conocía como África Occidental Francesa, no solo comparten fronteras, sino historia y desafíos comunes.

El retiro de Francia de Sahel.

La descolonización de 1960 en el Sahel no fue un evento aislado, sino parte de un proceso global de liberación nacional que recorrió África, Asia y América Latina. En un mundo que se reseteaba tras la Segunda Guerra Mundial, las viejas potencias europeas se vieron forzadas a ceder la independencia formal ante el empuje incontenible de movimientos anticoloniales que exigían autodeterminación, libertad, independencia y justicia social. Así, el antiguo Sudán Francés se convirtió en Mali (22 de septiembre de 1960), mientras que el Alto Volta pasó a ser Burkina Faso (5 de agosto de 1960) y el territorio de Níger (3 de agosto de 1960) alcanzó su soberanía nominal. Sin embargo, en el Sahel, este paso fue en gran medida solo una formalidad.

A través de la arquitectura de la Françafrique,  el  término peyorativo que se utiliza para describir la relación de dominación neocolonial que el país galo ejerció sobre sus excolonias a través de mecanismos económicos, culturales y políticos, Francia sustituyó la administración directa por un sistema de control opresivo apoyado en tres pilares que hoy están siendo cuestionados y desarmados: el control  financiero a través del Franco CFA, una red de bases militares permanentes y una serie de tratados comerciales leoninos que  facilitaba la fuga de recursos hacia París.

Bajo este esquema, Francia intervino militarmente en el continente más de 50 veces en medio siglo. El colapso definitivo llegó con el fracaso de la Operación Barkhane que fue lanzada para contener el avance del extremismo islámico. Paradójicamente, tras una década de presencia armada sobre el territorio, el flagelo yihadista se expandió, mientras crecía entre la población un profundo sentimiento anti francés. La situación se terminó de agravar con el despliegue del grupo paramilitar ruso Wagner en la región.

Organizaciones terroristas en el Sahel

Más que una exigencia  político o militar, la salida de Francia del Sahel reflejó el colapso de una estrategia que priorizó el control geopolítico por sobre la protección de la población civil.  Tras una década de intervención, se extendió entre la población la percepción de que esas tropas imperiales resguardaban más sus propios intereses mientras la violencia yihadista seguía ensañándose con la población civil.  El Portal británico Declassified UK descubrió además “que aviones Chinook de la RAF (Fuerza Aérea Británica) realizaron 57 misiones a Níger desde Mali entre febrero de 2019 y junio de 2022, y otras 58 a Burkina Faso” en apoyo de los franceses de la Operación Barkhane. Esta información avala las sospechas de los pueblos del Sahel sobre los verdaderos objetivos de esta operación que supuestamente , tenía como principal objetivo reprimir los ataques de los extremistas islámicos, pero que en realidad buscaba garantizar la provisión de uranio de Níger para las centrales atómicas que gestiona la empresa estatal francesa EDF en el Reino Unido de Gran Bretaña.

 Esta profunda hostilidad se tradujo en un repliegue de los casi 3.000 soldados franceses. Primero de Mali (agosto de 2022), seguido por Burkina Faso (febrero de 2023) y culminando con el retiro de las últimas tropas en Níger (diciembre de 2023). El Sahel desmantelaba así un sistema de tutelaje que duró sesenta años.

Retiro de tropas francesas del Sahel

Ante el vacío de poder dejado por la presencia francesa emergieron nuevos liderazgos que desafiaron el statu quo. Figuras como el capitán Ibrahim Traoré en Burkina Faso, cuya juventud y discurso conectan con la mística de Thomas Sankara, un líder panafricanista y antimperialista asesinado en 1987; el coronel Assimi Goïta presidente de Mali, y el General Abdourahamane Tiani, primer mandatario de Níger, se han transformado en los portadores de un proyecto de refundación nacional y regional.

Alianza de Estados del Sahel.

 Con el objetivo de avanzar hacia una Confederación los presidentes de Malí, Burkina Faso y Níger crearon en 2023 la Alianza de los Estados del Sahel (AES), un bloque político y militar que se propuso coordinar esfuerzos frente al avance yihadista, y ratificar el distanciamiento de Francia y Estados Unidos como también de organizaciones respaldadas por Occidente, como la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO). La respuesta a esta decisión fueron sanciones económicas coordinadas para quebrar sus mercados internos, amenazas de invasión militar por parte de bloques regionales y la sospechosa persistencia de asistencia externa de grupos terroristas que operan en zonas de interés estratégico para estos países.

El proceso de ruptura alcanzó su madurez institucional en diciembre de 2025. Durante esta cumbre histórica en Bamako, capital de Mali, la Alianza de los Estados del Sahel consolidó su autonomía, como proyecto de integración regional, con el lanzamiento de la Fuerza Unificada: un ejército conjunto de 5.000 efectivos diseñado para operar sin intervención extranjera. El General Assimi Goïta, dejó en claro que la guerra actual es “multidimensional”: no solo se combate en el campo de batalla contra el yihadismo, sino también en los frentes económico e informativo. Esta nueva etapa, que ahora queda bajo la jefatura rotativa del capitán Ibrahim Traoré, se sostiene sobre estos ejes pilares:

Militar: Un mando centralizado con batallones especializados y capacidad aérea integrada.

Comunicacional: La creación de medios propios (AES Televisión y Radio) para combatir lo que denominan “terrorismo mediático” y desinformación occidental.

Civil: La implementación de un pasaporte conjunto, sellando su salida definitiva de la CEDEAO y consolidando un bloque con identidad propia.

Monetario: los tres países avanzan con la implementación  de una nueva moneda para romper con la tutela monetaria del franco CFA , que actuó como una camisa de fuerza monetaria que impidió la industrialización de la región y la condenó a la importación de productos manufacturados.

Invierno Negro

Con inquietante certeza Traoré advirtió en esa misma Cumbre, haciendo una lectura de la geopolítica global, que se avecina un “Invierno Negro” en África Occidental, impulsado por las acciones imperialistas que representan una amenaza para todos los africanos. Según Traoré, este “Invierno Negro” pone en peligro el panafricanismo y la soberanía del continente, y con su llegada, África tendrá que defenderse tanto de los “lobos” (terroristas) como del “viento frío” del imperialismo de las antiguas metrópolis. La advertencia de Traoré sobre el “invierno negro” adquiere una nueva dimensión al introducir el concepto de la “racialización” de la política internacional. Para el presidente burkinés, la ofensiva contra la AES es la manifestación de un sistema que jerarquiza a las naciones y deshumaniza a los pueblos en función de su origen y color.

Ibrahim Traoré, presidente de Burkina Faso

En esta nueva fase, el imperialismo aplica una doble vara jurídica y moral: mientras se defiende la soberanía en el norte geopolítico, se naturalizan los bombardeos en el corazón de África o el secuestro de mandatarios en América Latina.  Bajo la lógica del “invierno negro”, los proyectos soberanos de los pueblos racializados son tratados como anomalías que deben ser disciplinadas mediante la fuerza bruta, la sanción económica o el terrorismo mediático.

Es evidente que Europa y Estados Unidos se niegan a convivir en un plano de igualdad con proyectos y culturas distintas a las suyas. Tratan de impedir que África ejerza su derecho a realizarse por fuera de las instituciones y reglas que ellos mismos han impuesto. Quienes se atreven a desafiarlas o ignorarlas son acusados de los peores aberraciones: terroristas, dictadores o narcotraficantes. Ese es el mensaje para los líderes de la Alianza de los Estados de Sahel: no hay proyecto nacional y cultural fuera de las reglas e instituciones impuestas por Occidente.

Ibrahim Traoré y otros líderes soberanistas son conscientes de estos condicionamientos, pero también entienden que vivir bajo el temor de estas amenazas solo condena al Sahel y a toda África a seguir hipotecados y racializados. Es por ello que apuestan a enfrentar su propio “invierno negro”, en vez de continuar siendo sometido a los crudos intereses de las potencias atlantistas que, sin respetar ninguna regla, los han arrastrado hasta esta trágica situación.  O como lo definió el soberanista y panafricanista Ibrahim Traoré, “No todo será necesariamente fácil, no todo ocurrirá tan rápido como desearíamos. Pero avanzamos con calma y alcanzaremos nuestro objetivo. Y cuando llegue el invierno, si tenemos que atravesarlo para ser libres, para estar unidos, rezaremos».

Jorge Poblette
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