Foto: Artista Edo Ciudad de Benin, Nigeria Placa Bronce Siglo XVII Smithonian Museum
Bajo el maquillaje de la “misión civilizadora”, Europa secuestró la memoria de África en sus sótanos y museos. Durante el Siglo XIX se apropiaron de territorio, recursos naturales y personas para esclavizarlas, pero también saquearon objetos que simbolizan el poder espiritual, cultural y político del pueblo africano. Hoy, impulsados por países del Sur Global, está en marcha un proceso de restitución.
Por Jorge Poblette
La reciente confesión del Museo de Manchester sobre la posesión de 40.000 objetos africanos de los cuales “no tienen registro de su procedencia” no es un hecho aislado ni un error burocrático. Son las marcas dejadas por el imperialismo europeo; un relato cuya máscara civilizatoria se desintegra inexorablemente, dejando a la vista el vacío moral de quienes pretendieron justificar el saqueo con el pretexto del progreso. El imperialismo, como afirma el egipcio Samir Amin, no fue un mecanismo para llevar la libertad, la cultura y la civilización a un mundo atrasado y salvaje sino el proceso que permitió a Europa el control y expansión de los mercados, el saqueo de recursos naturales y la explotación de la mano de obra en los países periféricos.
Bajo esta lente de la “Colonialidad del Poder”, en palabras del pensador peruano Aníbal Quijano, cualquier obra de arte u objeto sagrado elaborado por el hombre africano fue clasificado como un “fetiche” que debía ser “rescatado” por el hombre blanco. Este relato transformó el saqueo en un acto de “protección”, mientras que las piezas rituales o de alto valor cultural eran tratadas como trofeos de guerra y se revendían, como objetos decorativos, en los mercados de Londres y París. También Richard Gott, un británico antiimperialista, lo denunció en su monumental obra “El Imperio Británico. Resistencia, represión y rebeliones. El otro lado de la historia”, un libro fundamental para conocer las consecuencias que dejó el colonialismo británico en las periferias del mundo.
Los Bronces de Benín
El caso del Reino de Benín, en la actual Nigeria, es el ejemplo más crudo de esta hipocresía. En enero de 1897, tras una disputa por el control comercial del caucho y el aceite de palma, el Almirante británico Sir Harry Rawson lanzó la llamada “Expedición Punitiva” de 1896/97. Las tropas británicas capturaron, quemaron y saquearon la ciudad de Benín, lo que puso fin, después de 400 años, al Imperio de Benín. Fue un hecho trascendental que la potencia colonial británica siempre había anhelado, ya que le abrió las puertas al interior de África Occidental.

Tras la caída de la capital, las tropas británicas incendiaron el palacio real y se apropiaron de más de 3.000 piezas y esculturas de bronce, conocidos mundialmente como los Bronces de Benín, que representan la memoria cultural y política del reino. Mientras el patrimonio era embalado para ser subastado, Europa celebraba una “victoria de la civilización” financiada con el saqueo de la historia ajena.
Yaa Asantewaa y el Alma de los Ashanti
En la Costa de Oro, hoy Ghana, la resistencia africana adoptó una forma espiritual y política. Si bien no fue la única guerra con el Imperio Británico, en 1900, el gobernador Sir Frederick Hodgson, cegado por la ignorancia y la soberbia, exigió sentarse en el Taburete de Oro, el objeto más venerado del Imperio Ashanti hasta el día de hoy. Según la tradición , contiene el alma de la nación y es considerado el objeto más sagrado del estado Ashanti . La respuesta de los ofendidos por esta profanación fue la guerra liderada por la Reina Madre Yaa Asantewaa. En esta lucha por la dignidad, el poder de fuego británico prevaleció, pero el objeto ritual y sagrado Ashanti, logró ser preservado. Asantewaa, fue exiliada a las Seychelles, donde murió en 1921. Su cuerpo fue finalmente devuelto a su tierra natal, donde fue enterrado con honores. Hoy en día, se la considera en Ghana una gran heroína nacional.

La resistencia africana dejó al desnudo que detrás del discurso europeo de “orden” solo existía un apetito insaciable de sometimiento tanto material como espiritual. El Museo Británico declara tener “Más de 200 piezas de ajuares de oro Ashanti, que incluyen joyas personales e insignias reales que lucía el Asantehene (rey del pueblo Ashanti), así como emblemas e insignias de autoridad que portaban sus numerosos asistentes y funcionarios de la corte. Estos objetos están hechos de oro macizo, fundido o chapado, y algunos están recubiertos con delicadas láminas de oro”
Sótanos y Museos
Es imposible para el observador informado disociar las colecciones de muchos museos y galerías, sobre todo europeas, de los mecanismos de violencia y crueldad con la que fueron obtenidas esas piezas extraordinarias. La belleza de esos objetos hoy se expone en las Galerías Africanas Sainsbury del Museo Británico de Londres que posee una colección de más de 73.000 piezas de ese continente, incluyendo gran parte de los Bronces de Benín. También en Gran Bretaña se encuentran la Colección Burrell de Glasgow, el Museo de Leeds y el Museo Pitt Rivers de la Universidad de Oxford. El Museo de Victoria y Alberto es otro espacio londinense con patrimonio africano.

Por su parte el Fórum Humboldt de Berlín custodia cerca de 75.000 objetos africanos, proveniente la mayoría de ellos de Nigeria. Otro espacio donde se deposita este patrimonio cultural es el Musée du quai Branly – Jacques Chirac en Francia que alberga aproximadamente 70.000 objetos de África subsahariana. Centenares de piezas se encuentran en el Museo Real de África Central en Bélgica y en el Museo de Etnología de Leiden en los Países Bajos
A ello se debe sumar las cientos de esculturas y objetos de arte africanas exhibidas en el Museo Metropolitano de Arte (MET) de Nueva York y en el Museo Nacional de Arte Africano del Instituto Smithsoniano ubicado en Washington D.C., sin contabilizar los objetos de arte distribuidos en Lisboa, Viena y en innumerables colecciones privadas tanto de Europa como de los Estados Unidos.
Según el informe sobre la restitución del patrimonio cultural africano del 2018, realizado de los académicos Bénédicte Savoy de Francia y Félwine Sarr Senegal, a solicitud del presidente de Francia, Emmanuel Macron, más del 90 por ciento del arte africano tradicional está fuera del continente.
A la luz de los acontecimientos queda en evidencia que, especialmente desde finales del siglo XIX, durante la llamada “carrera por África”, las expediciones militares europeas no solo buscaron controlar territorios, sino capturar símbolos de poder espiritual, estético y político del pueblo africano. Como ha sido demostrado por pensadores del Sur Global, mientras se confiscaban los estos objetos artísticos y rituales, Europa se apoderaba también de los recursos naturales de África Occidental para alimentar la insaciable maquinaria del “progreso” que representaba la Revolución Industrial. Pero este motor no solo quemaba recursos; se alimentaba también de seres humanos. El Atlántico Sur fue el cementerio y la ruta de millones de africanos arrancados de estas mismas comunidades y transportadas a través del horror del “Pasaje Medio” hacia las plantaciones y minas de América. En una nota de este mismo Portal se analiza en profundidad esta barbarie.
El difícil proceso de restitución
Primero fue la ONU quien aprobó la Resolución 3187 (XXVIII) de la Asamblea General en 1973, quien instó a la restitución de objetos de arte a los países víctimas de la expropiación colonial. Como antecedente ya la UNESCO en 1970 había adoptado la Convención sobre las medidas para prohibir e impedir la transferencia de propiedad ilícita de bienes culturales.
Sin embargo. en 2018, y por pedido del presidente francés Emmanuel Macrón, se publicó el Informe Sarr-Savoy. Este documento fue un punto de inflexión en el proceso de restitución que habían reclamado los países afectados. El informe denunció que, si un objeto fue extraído en un contexto de colonial, su presencia en Europa representa un hecho de violencia vigente que debe ser reparado. Ya no es el país africano o latinoamericano quien debe rogar por la devolución; es el museo europeo el que debe demostrar que no robó la pieza, bajo la presunción de que el 90% del patrimonio africano subsahariano hoy en los Museos de Europa, fue resultado de la coacción y el saqueo.

En el año 2021, Francia devolvió los 26 Tesoros Reales de Abomey a la República de Benín, y en 2022, Alemania firmó un acuerdo histórico para transferir la propiedad de 1.130 bronces a Nigeria. Sin embargo, este avance tropieza con la resistencia imperial: el Reino Unido se escuda tras la British Museum Act de 1963, una ley nacional utilizada como excusa para evitar la devolución de las piezas robadas, ofreciendo en su lugar la figura humillante del “préstamo a largo plazo”. Esta propuesta fue rechazada por la mayoría de los países afectados por ser una nueva forma de colonialismo jurídico: el ladrón no puede pretender “prestar” lo que nunca le perteneció.
Frente a estas resistencias, las naciones del Sur Global han transformado la restitución en una causa de estado en los foros multilaterales. En la Asamblea General de la ONU y en la conferencia MONDIACULT de la UNESCO (2022), celebrada en México, se ha consolidado una posición única: el patrimonio cultural es un derecho humano inalienable y su secuestro es una violación continua de la soberanía. Los BRICS, ahora fortalecidos con la presencia de dos países africanos como Egipto y Etiopía, han integrado la Soberanía de la Memoria como un eje de su posición política, entendiendo que no habrá un nuevo orden multipolar mientras las raíces culturales de sus pueblos sigan bajo custodia en el Norte Global. Para África y América Latina, la vuelta de estos objetos son parte de las venas abiertas, como lo señaló Eduardo Galeano, que aún esperan ser sanadas
Si una enseñanza deja estos episodios, es que ayer se profanó el espíritu de los pueblos del Sur en nombre de la “civilización” como forma de justificar el saqueo; hoy se invoca el relato de la ‘libertad y la democracia’ como la nueva moral para intervenir soberanías, imponer gobiernos y depredar los recursos naturales. Tristemente la historia se repite.
