Un estudio publicado en Nature concluye que la velocidad con la que la Antártida está perdiendo hielo permite anticipar cuánto aumentará el nivel del mar durante las próximas décadas. La investigación ofrece una oportunidad para planificar políticas públicas antes de que el avance del mar obligue a tomar decisiones bajo condiciones cada vez más difíciles.
Por la Redacción de Atlántico Sur
La Antártida se está derritiendo. Pero la novedad científica ya no es solamente la gravedad del hecho, sino en la posibilidad de poder anticipar, gracias al trabajo científico, sus efectos durante las próximas décadas.
Un estudio publicado por la revista especializada Nature afirma que la pérdida de hielo que hoy registra la Antártida permite anticipar con un grado de precisión inédito, cuánto aportará ese continente al aumento del nivel del mar hasta mediados de siglo. Según los resultados del trabajo conocido, la velocidad con que este continente blanco va perdiendo hielo en la actualidad, permite establecer un indicador extraordinariamente certero de cómo contribuirá ese fenómeno al aumento del nivel del mar en los próximos treinta a cincuenta años.
La enorme cantidad de hielo acumulado en este territorio, casi un 90% del patrimonio congelado de la tierra, hace que sus cambios sean lentos y que sus efectos se puedan predecir con varias décadas de antelación. Gran parte del deshielo que se producirá en los próximos años, responden a procesos que ya están en marcha, impulsados principalmente por el calentamiento del océano Austral y porque aguas cada vez más cálidas están derritiendo y destrozando estas plataformas heladas desde sus bases de apoyo, haciendo colapsar enormes porciones de hielo que desaparecen en los océanos, incrementando así el nivel del mar.
Los efectos de este proceso son enormes. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), en escenarios de altas emisiones de Gases Efecto Invernadero no puede descartarse un aumento global del nivel del mar superior a los dos metros hacia fines del siglo. Un escenario de esa magnitud alteraría enormemente las zonas costeras del planeta, afectando infraestructuras como puertos, viviendas, plantas de tratamiento de aguas, redes de alcantarillado y centrales energéticas ubicadas en zonas bajas, áreas turísticas, acuíferos y tierras de cultivo, pérdida de biodiversidad además de desplazar a cientos de millones de personas y generar tal vez uno de los mayores desafíos humanitarios y económicos de la historia.

Sin embargo, el estudio de Nature adelanta un dato fundamental. Aunque las proyecciones hacia finales del siglo XXI aún están rodeadas de incertidumbres, las próximas tres décadas aparecen ahora con un grado de previsibilidad altamente confiable. En otras palabras, la ciencia climática puede dar hoy proyecciones suficientemente seguras para que los gobiernos diseñen políticas de adaptación y planificación territorial con un horizonte de varias décadas.
La investigación sostiene que la previsibilidad encontrada no disminuye el riesgo de largo plazo, pero sí permite contar con un período claro y definido para actuar con mayor confianza y seguridad. La adaptación de las zonas costeras, la construcción de infraestructura apropiada, el ordenamiento territorial y la mejora de las capacidades de observación científica dejan de ser algo desconocido, para convertirse en una demanda de nuevas políticas públicas que deben comenzar a tomarse desde ahora. Si bien nuestro país no está entre los países más vulnerables del mundo al aumento del nivel del mar, sí posee activos estratégicos localizados en zonas costeras.
La propia investigación también advierte que esta capacidad de predicción ya no es tan certera después de mediados de siglo. Para ese momento pueden dispararse procesos de retroalimentación que incluso podrían acelerar este fenómeno de deshielo antártico. Una vez iniciados, algunos de estos eventos extremos, podrían ser difíciles de detener y conducirían a pérdidas de hielo muy superiores a las que hoy se prevén.
Para la Argentina, el informe tiene una importancia especial. La Península Antártica, que se encuentra en el Sector Antártico Argentino, es uno de los espacios de ese continente que más ha sufrido este fenómeno. Al mismo tiempo, la condición bicontinental del país, su presencia científica permanente y sus intereses estratégicos en el Atlántico Sur convierten a este asunto en un tema que excede la agenda ambiental.

Sea cual sea el escenario que se presente, es factible que el Sistema del Tratado Antártico, se vean sometido a una fuerte presión, ya que para nuestro país, el derretimiento del hielo antártico, no solo es un grave fenómeno ambiental. También es un asunto geopolítico, económico, científico y de seguridad humana. La Antártida concentra alrededor del 70 % del agua dulce del planeta y, aunque por el Tratado Antártico se hayan congelado las disputas territoriales y prohibido la explotación minera, el valor estratégico de esa región sigue en aumento, incrementando así la importancia del Atlántico Sur.
La nueva investigación ratifica estos aspectos al sostener que la Antártida debe ser entendida también como un sistema de alerta temprana sobre transformaciones planetarias capaces de afectar el desarrollo económico, la infraestructura costera y la estabilidad geopolítica durante el siglo XXI. En este contexto, fortalecer las capacidades nacionales de investigación y cooperación científica antártica deja de ser solamente una política de presencia soberana para convertirse, cada vez más, en una inversión estratégica de largo plazo.
En definitiva, si la ciencia nos está diciendo que disponemos de una ventana de 30 a 50 años para adaptarnos a las transformaciones antárticas, ¿está la Argentina pensando la Antártida con un horizonte de medio siglo o continúa atándola a las urgencias del presente?
