Plenario de Apertura RCTA 48 Hiroshima, Japón Foto: Secretaría Tratado Antártico
La cumbre del Tratado Antártico en Hiroshima expuso algo que ya nadie discute en el sistema internacional: la Antártida será uno de los territorios decisivos del siglo XXI. Sin estrategia, sin inversión Argentina reduce la soberanía a una consigna declamativa. La desinversión, la improvisación y la ausencia de visión estratégica amenazan con convertir una ventaja histórica en una oportunidad perdida.
Por Jorge Poblette
Durante casi siete décadas, la Antártida fue escenario de una forma excepcional de gobierno internacional, donde un conjunto claro de reglas y acuerdos diplomáticos permitió mantener controlada, al menos parcialmente, la lógica competitiva que rige el sistema internacional. Sin embargo, la reunión consultiva del Tratado Antártico que sesiona por estas horas en Hiroshima, Japón, no es ajena a las tensiones geopolíticas globales, a la notoria expansión de las capacidades antárticas de algunas potencias, al cambio climático y a la presión constante sobre los recursos naturales que va transformando al continente blanco en el centro de una disputa estratégica.
La 48.ª Reunión Consultiva del Tratado Antártico, que hoy sesiona en Japón, es el principal órgano deliberativo del Sistema del Tratado Antártico. Reúne a los 58 Estados parte del Tratado Antártico, pero solo 29 de ellos tienen estatus consultivo pleno, es decir, derecho efectivo de participar en la toma de decisiones y adopción de medidas por consenso, por estar desarrollando una actividad científica sustancial y sostenida en el continente blanco. Los otros 29 países son partes no consultivas: participan de las sesiones, pueden intervenir en los debates y presentar posiciones, pero no integran formalmente el núcleo decisorio del sistema.
En ese ámbito se debaten cuestiones vinculadas a la cooperación científica, la protección ambiental, la regulación del turismo, la logística, y la preservación de la naturaleza pacífica del territorio. Estas reuniones son relevantes por cuanto sus decisiones tienen una enorme trascendencia política y operativa: de aquí surgen las recomendaciones, medidas y regulaciones que mantienen en pie uno de los regímenes internacionales de cooperación más originales del mundo.

El problema en Hiroshima no es una ruptura formal del Sistema del Tratado Antártico sino algo menos visible pero no por ello menos relevante: el progresivo deterioro de las condiciones políticas que durante décadas hicieron posible su estabilidad. No es que haya un riesgo de ruptura abierta o colapso inmediato del Sistema del Tratado Antártico ya que no hay ningún actor relevante dispuesto hoy a pagar el costo político de dinamitarlo. Pero sí hay temas que podrían escalar y elementos de la coyuntura política internacional que están filtrándose en Hiroshima.
Solo para señalar algunos de estos elementos: la rivalidad EE.UU.–China con el gigante asiático avanzando en todos los frentes antárticos y, paradójicamente, con un Estados Unidos replegándose.
Otro tema clave es el crecimiento meteórico del turismo antártico. Con 120.000 visitantes en el último año, la reunión en Japón no puede ignorar discutir al menos límites de carga, cuotas, responsabilidad ambiental y regulaciones. Y en esa discusión se van a colar inevitablemente las presiones económicas y comerciales.
Un aspecto sensible en los debates será el impacto cada vez más visible del cambio climático sobre este ecosistema y la dificultad cada vez más notoria para alcanzar consensos entre las partes. Aquí paradójicamente la ideología y la fragmentación política tienen preeminencia sobre la ciencia. Es sabido que algunos gobiernos, como Argentina y Estados Unidos, niegan el Cambio Climático. Otros gobiernos quieren endurecer las regulaciones. No será fácil encontrar un punto de acuerdo.

Otro punto de fricción será sin dudas el régimen de explotación mineral que permanece bloqueado por el Protocolo de Madrid. Si bien nadie propone romper ese compromiso, el mismo gravitará sobre la Reunión ya que el interés por minerales críticos, energía y recursos estratégicos está como telón de fondo de esta velada discusión.
Nadie está en Hiroshima para romper la agenda formal del encuentro, pero nada podrá contener el cambio del contexto internacional que ahora mismo está aconteciendo.
Nuestro país es consciente que la soberanía antártica no se declama: se ejerce mediante presencia científica concreta, continuidad logística, planificación estatal y una diplomacia activa, idónea y comprometida con los objetivos nacionales. Y es precisamente allí donde la Argentina llega a esta nueva etapa de tensiones globales en condiciones de una muy alta fragilidad. El deterioro presupuestario, el abierto ataque gubernamental al sistema científico-tecnológico, la incertidumbre que atraviesan organismos estratégicos como el Servicio Meteorológico Nacional, el Instituto Geográfico Nacional, y las restricciones materiales que debilitan la logística antártica y la operatividad de las Fuerzas Armadas resienten la capacidad efectiva del país para sostener una presencia activa y proyectar influencia real en uno de los espacios geopolíticos más sensibles del siglo XXI.

En ese contexto, el alineamiento automático con Estados Unidos e Israel, así como la funcionalidad hacia los intereses británicos que ese alineamiento comprende, introduce un factor adicional de fragilidad ya que la lógica antártica exige autonomía nacional, flexibilidad diplomática y capacidad de relacionamiento transversal con todos los actores que integran el Tratado Antártico. Insertarse de manera militante en conflictos ajenos reduce precisamente aquello que un país de presencia histórica en el sistema antártico más necesita preservar: libertad estratégica.
Argentina necesita saber que si ese equilibrio que ha mantenido por décadas la convivencia antártica comienza a ceder. Los países que pretendan seguir siendo protagonistas de este sistema, no podrán solo refugiarse en títulos históricos ni en retóricas soberanistas vacías. Como lo vino haciendo por décadas nuestro país, deberán demostrar voluntad política, inteligencia diplomática y continuidad estratégica. No alcanza con estar. Es necesario bases operando ininterrumpidamente con científicos en el terreno haciendo ciencia de calidad.
Los vacíos en la Antártida alguien los ocupa. Hay que sostener una política de Estado. No es serio que un país cambie su política antártica cada cuatro años. La necesaria continuidad implica prioritariamente la formación de cuadros de científicos y militares especializados para mantener la capacidad operativa en ese continente.
En la Antártida la soberanía hay que proclamarla, pero sobre todo ejercerla. Y hoy, lamentablemente, la Argentina parece más ocupada en desmantelar esas capacidades que en fortalecerlas.
