Foto: Edgardo Esteban con compañeros excombatientes del GA Aerot 4
Edgardo Esteban es excombatiente de la Guerra de Malvinas, periodista y escritor, autor de los libros “Iluminados por el Fuego” y “La Última Batalla” y ex director del Museo Malvinas. En esta nota reflexiona sobre el intento de captura de la Causa Malvinas por sectores funcionales a la última dictadura cívico-militar y responde a los ataques que han lanzado sobre sus obras y su persona.
Por Edgardo Esteban
En tiempos donde la palabra circula con velocidad, pero no siempre con responsabilidad, resulta imprescindible volver al sentido profundo de las obras que han marcado nuestra memoria colectiva. “Iluminados por el fuego”, tanto el libro como su adaptación cinematográfica, no nacieron para alimentar relatos cómodos ni para sostener versiones interesadas de la historia. Por el contrario, fueron y siguen siendo, un intento honesto de narrar la experiencia desde las vivencias, desde la carne, desde la mirada de quienes estuvieron allí.
Existe una diferencia fundamental entre lo que una obra dice y lo que algunos quieren hacer decir de ella. El libro y, más recientemente, en mi nuevo libro “La última batalla”, no buscó desmalvinizar, y mucho menos relativizar las experiencias vividas por los soldados o las instituciones durante el conflicto bélico de 1982. Muy por el contrario: ponen en evidencia las crueldades de la guerra, las miserias humanas que emergen en contextos extremos y las marcas que quedan para toda la vida. Ese ejercicio de memoria no debilita la soberanía: la fortalece. Porque una nación que conoce su historia en profundidad, sin silencios ni manipulaciones, es una nación más libre.
Estas obras han sido, además, un aporte fundamental para evitar que la causa Malvinas quede capturada por aquellos sectores de las Fuerzas Armadas que fueron funcionales a la dictadura cívico-militar. Jorge Taranto y Nicolás Kasanzew han asumido la misión de desprestigiar con falacias a quienes repudiamos ese intento. Sin ninguna autocrítica acerca de su desempeño durante el conflicto bélico y con abierto apoyo a las políticas negacionistas que encarnan los actuales Presidente y Vicepresidenta de la Nación, reproducen, a 43 años de la guerra, esa misma funcionalidad que siempre hemos rechazado. Esa es la verdadera razón de sus ataques a mis obras y a mi persona.

Frente a esa práctica deleznable, narrar la guerra desde la perspectiva de los soldados, de sus padecimientos y de sus vínculos, permitió rescatar la dimensión humana del conflicto sin renunciar jamás al reclamo irrenunciable de soberanía. Memoria no es olvido: es comprensión, es responsabilidad, es futuro.
En ese marco, es necesario también señalar cuando la crítica abandona el terreno del debate de ideas para convertirse en difamación. Las interpretaciones forzadas, los recortes malintencionados y las operaciones que buscan desacreditar no aportan a la construcción colectiva: la empobrecen. Quienes escribimos, filmamos o narramos estamos y debemos estar abiertos a la crítica. Pero esa crítica debe ser genuina, honesta, orientada a pensar mejor, no a destruir.
Por eso, frente a las mentiras, la respuesta no es el silencio sino la reafirmación. Estoy profundamente orgulloso de lo que hice en Malvinas como soldado. Cumplí con mi patria, y mi historia está documentada en archivos oficiales a disposición de quien quiera conocerla. Las calumnias no debilitan: fortalecen cuando uno sabe desde dónde habla y qué valores defiende.

Recorro el país llevando la causa Malvinas como bandera, convencido de que no hay soberanía sin memoria, ni memoria sin verdad. A quienes intentan difamar para silenciar, la respuesta es clara: no nos vamos a callar. Porque Malvinas no es propiedad de nadie, pero sí responsabilidad de todos.
También es tiempo de poner las cosas en su lugar. Antes de hablar livianamente sobre trayectorias personales o historias familiares, hay que informarse, respetar y comprender. La verdad histórica no se construye con agravios, sino con rigor y con compromiso.

La experiencia traumática de la guerra deja huellas profundas. Transformar ese dolor en una obra, en una palabra, en una imagen, es también una forma de reparación. La creación artística puede ser un camino para elaborar lo vivido, para compartirlo y para construir sentido colectivo. En ese proceso, la crítica honesta es bienvenida: nos desafía, nos mejora, nos hace crecer.
Pero la difamación, no.
Seguiremos construyendo memoria, identidad y pensamiento nacional. Seguiremos defendiendo la soberanía con la misma convicción con la que defendemos la verdad.
Porque sin verdad, no hay memoria y sin memoria, no hay nación.
Por siempre Malvinas.
