Con el impulso del intendente de Río Grande, Martín Pérez, universidades, dirigentes políticos y referentes vinculados al pensamiento del Papa Francisco promueven una discusión que excede a la Argentina: cómo volver a pensar el desarrollo, la soberanía y el futuro desde el Sur Global. Tras el Foro realizado en febrero de 2025, se presentó esta semana un libro que contiene sus principales exposiciones y conclusiones.   

Por Jorge Poblette

El 7 de mayo, en el marco de la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, se presentó el libro “Territorios del Futuro: Atlántico Sur y Antártida. Organizar la esperanza desde el fin del mundo”, una publicación que recupera las principales exposiciones y debates del foro internacional realizado por la Red de Universidades para el Cuidado de la Casa Común (RUC) en Río Grande durante 2024. El evento de presentación del libro estuvo encabezado por el intendente del municipio fueguino de Río Grande, Martín Pérez e integrado por el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina Marcelo Colombo, de la presidenta de la Red Universitaria para el Cuidado de la Casa Común, Agustina Rodríguez Saá, y del director ejecutivo de CLACSO, Pablo Vommaro, entre otros referentes académicos, políticos y sociales. Pero más interesante que el evento editorial es lo que el libro vuelve a poner sobre la mesa: una discusión sobre soberanía, territorio y futuro que, lejos de haber perdido vigencia, hoy adquiere una renovada centralidad.

Algunas de las personalidades que participaron en la presentación del “Territorios del Futuro” en la Feria del Libro

La Argentina discute su presente como si no tuviera territorio: Atlántico Sur, Antártida, recursos naturales, logística oceánica, soberanía científica, rutas bioceánicas, energía o control del espacio marítimo. O peor aún: como si ese territorio fuera apenas un supermercado de recursos supuestamente inagotables, disponibles para ser explotados sin orientación política ni reafirmación nacional. Como si pudiera existir una idea de país, desanclada de su geografía, de sus intereses estratégicos y de los conflictos de soberanía que atraviesan el siglo XXI.

Sin embargo, existen proyectos y organizaciones que intentan llenar ese vacío estratégico. En el extremo austral de la Argentina, allí donde la geopolítica deja de ser literatura y se vuelve presencia concreta, comenzaron a esbozarse otras formas de pensar el poder.

El Foro Internacional “Territorios del Futuro: Atlántico Sur y Antártida”, realizado en Río Grande en febrero de 2025, no fue solamente un encuentro académico: expresó una voluntad política situada, asumida desde la gestión local, de volver a inscribir la soberanía en el territorio.

Tapa del libro presentado en Buenos Aires

Esto implica pensar las ciudades geopolíticas no como periferias aisladas, sino como espacios vinculados al control efectivo de los recursos, la presencia estatal, la infraestructura, la ciencia, el trabajo, la población y la capacidad concreta de decidir sobre esos territorios.

No es un dato menor que el impulsor de esta iniciativa haya sido el intendente Martín Pérez, un dirigente que gobierna un territorio atravesado por tensiones concretas: logísticas, sociales, geopolíticas y militares, y que, sin embargo, decidió abrir una discusión que excede ampliamente lo municipal.

Desde Río Grande, frente al Atlántico Sur y a pocos kilómetros de las Islas Malvinas bajo ocupación británica, la pregunta por la soberanía dejó de ser una consigna retórica para convertirse en una agenda concreta. Más de 180 universidades, junto a actores políticos, científicos y sociales, no sólo discutieron cómo proyectar el Atlántico Sur y la Antártida en un escenario global en disputa, sino también bajo qué idea de soberanía, desarrollo y cuidado hacerlo.

En ese marco, la intervención del arzobispo Marcelo Colombo en el Foro —en sintonía con el magisterio del Papa Francisco— incorporó una dimensión que suele quedar afuera en muchos debates públicos: no hay soberanía posible sin una ética del cuidado. Emilce Cuda, teóloga y miembro de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, completó esa idea con otra definición igual de relevante: tampoco puede existir una política viable sin una “organización de la esperanza”.

Monseñor Marcelo Colombo, Arzobispo de Mendoza y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

En ese contexto, la encíclica Laudato Si deja de aparecer como un simple documento doctrinal o ambientalista. Se convierte en una lectura incómoda de la crisis ecológica y social contemporánea, pero también en el fundamento de una nueva diplomacia: aquella que, frente al riesgo de fragmentación y colapso, obliga a sentar en una misma mesa a actores históricamente enfrentados.

Universidades, poder y nuevo orden global

Pero quizás el dato más relevante del foro no esté sólo en sus documentos, sino en sus protagonistas: rectores, investigadores y, especialmente, jóvenes que comienzan a pensar la soberanía en clave ambiental, científica y regional.

En un país donde gran parte de la dirigencia nacional parece haber perdido el horizonte estratégico, que desde el sur —y con fuerte protagonismo universitario— se intente articular conocimiento, territorio y decisión política no es un detalle menor: es, posiblemente, una de las pocas reservas intelectuales y estratégicas capaces de pensar el país más allá de la urgencia inmediata. Porque lo que está en juego en el Atlántico Sur y la Antártida no es únicamente un conjunto de recursos naturales ni una disputa diplomática heredada. Está en discusión la posibilidad misma de construir un país capaz de integrar territorio, trabajo, ciencia y comunidad organizada. O, en los términos que atraviesan el foro y el magisterio de Francisco, de decidir si la “casa común” será un espacio compartido o el escenario de una competencia despiadada por la supervivencia.

Martín Pérez, en la apertura, habló desde el lugar más concreto de la política: la gestión cotidiana. Calles, obras públicas, demandas urgentes. Pero rápidamente desplazó esa agenda hacia una pregunta mayor: cómo se gobierna un territorio que es, al mismo tiempo, ciudad, frontera y enclave geopolítico.

En ese cruce aparece una definición clave: “defender lo nuestro” no es una consigna vacía, sino una práctica que articula ambiente, soberanía y futuro. Río Grande no es solamente un municipio; es un punto de apoyo desde el cual pensar el Atlántico Sur, las Islas Malvinas y la Antártida como parte de un mismo esquema estratégico. Y en esa escala, gobernar deja de significar únicamente administrar lo inmediato para convertirse también en una forma de anticipar conflictos, construir capacidades y disputar soberanía.

Organizar la Esperanza

Si la intervención de Martín Pérez ordena el problema desde el territorio, la de Emilce Cuda introduce una categoría que desborda el lenguaje habitual de la política: la necesidad de “organizar la esperanza”. Su diagnóstico fue duro: la crisis ya no es solamente económica o institucional, sino ecológica, tecnológica y civilizatoria. En ese contexto, advirtió, las sociedades no se movilizan únicamente por necesidades —que aíslan y fragmentan— sino también por horizontes compartidos capaces de romper el encierro y proyectar un futuro común. Allí la política recupera su sentido más profundo: no sólo administrar conflictos inmediatos, sino también construye comunidad y dirección histórica.

Pero eso requiere una condición hoy cada vez más escasa: el diálogo social. Sentar en una misma mesa a Estados, empresas, trabajadores, universidades y organizaciones religiosas deja de ser una opción moral o discursiva. En un escenario atravesado por la crisis ecológica y la disputa global por recursos estratégicos, empieza a convertirse en una necesidad de supervivencia.

En esa arquitectura de “puentes” que propone Emilce Cuda, las universidades ocupan un lugar decisivo. No sólo como espacios de formación, sino como una de las pocas instituciones con capacidad de pensar estratégicamente más allá de la coyuntura.

El dato no es menor: más de 180 universidades latinoamericanas participaron o se vincularon al proceso impulsado desde Río Grande. En un tiempo donde gran parte de la dirigencia apenas administra urgencias, el sistema universitario aparece acompañando la reconstrucción de algo más profundo: un diálogo regional sobre soberanía, transición ecológica, trabajo y desarrollo.

Pero ese debate ya no se organiza exclusivamente desde los centros tradicionales de poder. Empieza también a estructurarse desde territorios históricamente periféricos que buscan asumir un nuevo protagonismo geopolítico. El Atlántico Sur, la Antártida y la Patagonia dejan así de ser el “fondo del mapa” para convertirse en espacios desde donde pensar el futuro.

Otro eje que atravesó el encuentro fue la pérdida de centralidad de los Estados frente a estructuras privadas de poder global. Emilce Cuda lo formuló en términos particularmente duros al hablar de una suerte de “neofeudalismo”, donde grandes corporaciones y actores transnacionales comienzan a disputar funciones que históricamente pertenecían al Estado.

La discusión ya no es solamente económica. Lo que este nuevo orden internacional pone en juego es quién decide finalmente sobre la vida, el trabajo, los territorios y los recursos estratégicos. En ese escenario, la diplomacia deja de ser apenas una relación entre países para convertirse en una negociación mucho más compleja, donde gobiernos, universidades, sindicatos, organismos internacionales y empresas disputan capacidad de conducción sobre procesos globales que empiezan a tensionar las propias formas de la democracia.”

El Atlántico Sur, la Antártida, los corredores bioceánicos, la energía, los alimentos y los minerales críticos forman parte de una reorganización global en curso, acelerada por la transición tecnológica y la crisis climática. Y allí aparece quizás una de las percepciones más relevantes del encuentro de Río Grande: si la Argentina no construye una estrategia propia para esos territorios, otros la harán por ella. No se trata solamente de defender recursos naturales, sino de decidir bajo qué lógica serán administrados: como bienes comunes vinculados al desarrollo nacional y regional, o como piezas dispersas dentro de una dinámica global gobernada por actores cuya escala de decisión ya no coincide con la de las democracias nacionales.

En ese punto, el foro dejó planteada una discusión que excede largamente a Tierra del Fuego: si la política argentina será capaz de volver a pensar el territorio como proyecto colectivo o si terminará administrando decisiones tomadas en otros centros de poder. Porque lo que hoy se disputa en el sur no es sólo una frontera ni un conjunto de recursos estratégicos. Lo que está en discusión es quién tendrá la capacidad de imaginar, organizar y decidir el futuro.

Jorge Poblette
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