El columnista Simon Jenkins calificó a la situación en las Islas Malvinas como un “absurdo resabio imperial”. Aunque en verdad las Malvinas no son británicas ni nunca lo han sido, no se le puede pedir más a Jenkins. Su afirmación es categórica en lo central: el anacronismo colonial no puede prolongarse en el tiempo y las autoridades británicas deben ponerle fin a una situación que genera costos económicos y reputacionales al Reino Unido.
Por Guillermo Carmona
Las repercusiones del triunfo de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial de Fútbol no cesan. A pesar de la crítica del presidente Javier Milei y de funcionarios de su gobierno a que las Malvinas se visibilicen en los estadios mundialistas donde juega la Argentina, la foto épica de los jugadores argentinos portando una bandera con la frase “Las Malvinas son argentinas” se ha transformado en un poderoso instrumento de posicionamiento internacional de la Cuestión Malvinas. De no ser por la reticencia del gobierno ultraderechista a aprovechar el episodio con una arremetida diplomática para exigir al Reino Unido que retome las negociaciones que quedaron interrumpidas por la guerra de 1982, lo hecho por nuestros jugadores se ajustaría perfectamente a los conceptos de poder blando (soft power) y diplomacia pública que cualquier gobierno del mundo buscaría capitalizar.

Lo ocurrido se está multiplicando por la cobertura mediática en todo el mundo y, en especial, en Gran Bretaña. Una de las réplicas más auspiciosas de este terremoto geopolítico que conmueve al propio gobierno británico ha sido protagonizada por el reconocido columnista del diario británico The Guardian, Simon Jenkins, quien ha lanzado una sentencia que incomoda a la política de Londres: las islas Malvinas no pueden seguir siendo británicas para siempre, ha escrito. Aunque en verdad las Malvinas no son británicas ni nunca lo han sido, no se le puede pedir más a Jenkins. Su afirmación es categórica en lo central: el anacronismo colonial no puede prolongarse en el tiempo y las autoridades británicas deben ponerle fin a una situación que genera costos económicos y reputacionales al Reino Unido. No es la primera vez que Jenkins lo afirma. Lo advirtió en 2022, al conmemorarse los 40 años del Conflicto del Atlántico Sur y en el marco de un fuerte despliegue diplomático internacional de la Argentina. La presente admisión no surge en el vacío, sino que ha sido “sacudida” por un gesto potente y simbólico en el corazón del evento deportivo más grande del mundo: el despliegue de una pancarta por parte de la Selección Argentina tras su victoria en las semifinales del Mundial 2026.
El gesto que se transformó en un terremoto geopolítico
La imagen recorrió el planeta: tras derrotar a Inglaterra en la semifinal el pasado 15 de julio de 2026, los jugadores argentinos no solo celebraron un triunfo deportivo, sino que sostuvieron una bandera con un mensaje que es política de Estado en nuestro país: “Las Malvinas son Argentinas”.
Para Jenkins, este acto no fue una mera provocación, sino un recordatorio necesario de una disputa de soberanía que el Reino Unido ha intentado “congelar” durante más de 40 años. El columnista destaca que, mientras el gobierno de Keir Starmer busca investigaciones de la FIFA, el gesto de los jugadores argentinos debería, en cambio, servir para sacar de la inercia a los diplomáticos británicos y obligarlos a enfrentar una realidad geográfica e histórica ineludible.

Un “resabio imperial” insostenible
Desde una perspectiva argentina, resulta revelador leer a un formador de opinión británico calificar la soberanía actual sobre las islas como un “absurdo resabio imperial”. Jenkins es contundente al señalar que ninguna de las posesiones de la era imperial británica tiene el derecho eterno de permanecer como está, y menos una que le cuesta a los contribuyentes del Reino Unido más de 60 millones de libras al año solo en gastos de defensa.
El autor sugiere una verdad incómoda para el 10 de Downing Street: el fervor con el que se defienden las islas hoy tiene más que ver con el hecho de que sus habitantes son blancos —a diferencia de lo ocurrido con las poblaciones de Hong Kong o Diego García, que fueron abandonadas a su suerte— y con la necesidad de mantener vivo el “glorioso” recuerdo de Margaret Thatcher.
La historia que Londres prefiere olvidar
Uno de los puntos más valiosos del análisis de Jenkins es su recordatorio de que, antes del conflicto de 1982, el propio gobierno británico estaba negociando activamente la transferencia de soberanía. Jenkins menciona hitos que la Argentina siempre ha puesto en valor:
- El acuerdo de comunicaciones de 1971, que permitía a los isleños usar hospitales, tiendas y escuelas en el continente argentino.
- Las propuestas de un acuerdo de “arrendamiento” (leaseback) a finales de los 70, donde la soberanía sería argentina mientras la administración seguía siendo británica por un tiempo.
Según el columnista, la guerra de 1982 detuvo una evolución natural hacia el “sentido común geográfico”. Hoy, las islas existen como una “fortaleza militar aislada” en el otro extremo del mundo de la metrópoli, una situación que, tarde o temprano, deberá terminar con la integración de las colonias a sus respectivos continentes.
El camino hacia la negociación
El artículo de Jenkins concluye con una esperanza que compartimos desde este lado del Atlántico: que el gobierno del Reino Unido tenga finalmente la valentía de retomar las negociaciones. Aunque el autor duda de que una pancarta en un partido de fútbol sea suficiente para cambiar décadas de política exterior, reconoce que el reclamo argentino “no va a desaparecer”.
El gesto de los jugadores de la Selección Argentina en el campo de juego ha logrado algo fundamental: poner en evidencia ante los ojos del mundo —y de la propia opinión pública británica— que el estatus quo es frágil y que la historia aún tiene una deuda pendiente en el Atlántico Sur. Como bien admite Jenkins, tarde o temprano, las mentes sabias deberán prevalecer sobre la enemistad y el anacronismo colonial.
