Foto: IX Reunión Ministerial de la ZOPACAS, Río de Janeiro, abril de 2026
Nacida para preservar la paz en la región y la autonomía de los países ribereños, la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur recupera protagonismo. El papel creciente de los Estados africanos, el compromiso de Brasil y los nuevos desafíos geopolíticos abren una nueva etapa para fortalecer la cooperación entre estos países del Sur Global.
Por Jorge Poblette
Hace cuarenta años, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 41/11 y creó la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur (ZPCAS o ZOPACAS), integrada por los países ribereños de África y América del Sur. La iniciativa nació en un mundo atravesado por la Guerra Fría, la militarización y las disputas entre las grandes potencias, pero también en una región marcada por los efectos del colonialismo. En África austral, la ocupación de Namibia y el régimen del apartheid constituían amenazas directas para la paz. En las costas sudamericanas, los países ribereños compartían la preocupación por proteger su soberanía y evitar que el océano quedara subordinado a rivalidades ajenas. La ZOPACAS expresó así una voluntad política común: hacer del Atlántico Sur un espacio de paz, cooperación y autonomía, cuya seguridad y cuyo futuro fueran decididos por los propios países de ambas orillas.
Impulsada por Brasil y copatrocinada por Argentina, Angola, Nigeria y otros Estados ribereños, la iniciativa obtuvo 124 votos a favor, uno en contra, Estados Unidos, y ocho abstenciones. La oposición estadounidense dejó claro cuál era su posición frente a un proyecto que se proponía reducir la presencia militar extrarregional y evitar que las conflictos extra regionales se trasladaran al Atlántico Sur. La resolución proponía frenar la militarización del Atlántico Sur, impedir la introducción de armas nucleares, armas de destrucción masiva, y promover el desarrollo económico y social y la protección de los recursos marinos mediante la cooperación entre los países ribereños. En esencia, afirmaba un principio fundamental: la paz y la seguridad del Atlántico Sur debían ser responsabilidad de sus propios Estados, y no quedar sujetas a los intereses y rivalidades de las potencias externas.
La perspectiva africana es indispensable para comprender el alcance político de la ZOPACAS. Los países de ese continente no fueron acompañantes de una iniciativa sudamericana, sino protagonistas de un proyecto compartido, nacido de intereses y preocupaciones comunes. Para ambas orillas, la cooperación abría la posibilidad de vincular cuestiones inseparables: la seguridad, el desarrollo, el control soberano de los recursos y la protección del medio marino. Se trataba, en definitiva, de afirmar la capacidad de los Estados ribereños para decidir sobre su espacio estratégico y defender sus intereses, sin quedar subordinados a las prioridades de las potencias extrarregionales.
La experiencia africana ofrece una referencia concreta. En 2013, países de África occidental y central reunidos en Yaundé, Camerún, acordaron mecanismos para coordinar la lucha contra la piratería y otros delitos marítimos en el golfo de Guinea. De ese proceso surgió una arquitectura regional de seguridad e intercambio de información, impulsada por los propios Estados africanos. Su importancia fue reconocida expresamente por la Declaración de Mindelo de 2023, que destacó los esfuerzos realizados en ese marco y llamó a fortalecer la cooperación contra los delitos marítimos. No se trata de que la ZOPACAS sustituya o absorba esa experiencia, sino de que pueda articularse con las capacidades e instituciones que África ha construido para proteger sus aguas, sus recursos y sus intereses.
Mientras los países africanos avanzaban en la construcción de sus propios mecanismos de cooperación, la ZOPACAS también procuraba recuperar su dinamismo como espacio de articulación entre ambas orillas. En ese proceso, la reunión ministerial de Montevideo, en enero de 2013, constituyó un paso importante. Los representantes de 19 países reafirmaron su voluntad de fortalecer el mecanismo y aprobaron una agenda que incluía la protección ambiental, la exploración de los fondos marinos, la seguridad portuaria, la defensa y la lucha contra el crimen organizado. También reclamaron una reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, una arquitectura financiera internacional más representativa y el fin del colonialismo. En relación con Malvinas, la declaración pidió reanudar las negociaciones de soberanía con el Reino Unido y expresó su preocupación por dos cuestiones que conservan plena actualidad: la exploración unilateral de hidrocarburos en las aguas circundantes a las islas y el fortalecimiento de la presencia militar británica en el Atlántico Sur. Sin embargo, quedó pendiente un compromiso central: los miembros habían acordado reunirse cada dos años y elegido a Cabo Verde como sede del siguiente encuentro. La cumbre de Mindelo, diez años después, retomaría aquel compromiso y abriría una nueva etapa de revitalización.
Mindelo: el impulso africano para una nueva etapa de la ZOPACAS
Celebrada el 17 y 18 de abril de 2023, la cumbre de Mindelo marcó un punto de inflexión. Después de una década sin reuniones ministeriales, participaron representantes de 17 de los 24 Estados miembros. Cabo Verde, que había ofrecido recibir el encuentro en 2013, asumió la presidencia pro tempore y la coordinación del mecanismo por dos años, sucediendo a Uruguay. Su protagonismo fue decisivo, pero no exclusivo: la reactivación también contó con el impulso diplomático de Argentina, Brasil y Uruguay, y con el compromiso de los Estados africanos de recuperar y fortalecer un espacio de cooperación entre ambas orillas.
En la apertura, el primer ministro caboverdiano, Ulisses Correia e Silva, propuso una concepción amplia de la seguridad, que incluyera no solo la defensa, sino también sus dimensiones alimentaria, sanitaria, ambiental y climática. La Declaración y el Plan de Acción de Mindelo tradujeron esa perspectiva en diez áreas de trabajo. La agenda abarcó desde la investigación oceanográfica y la protección del medio marino hasta la seguridad marítima y portuaria, la defensa y la lucha contra el crimen organizado; incorporó, además, la formación universitaria, el desarrollo de capacidades y las tecnologías de la información. La seguridad dejaba así de ser entendida exclusivamente como una cuestión militar para vincularse con las condiciones del desarrollo y el bienestar de los pueblos.
Mindelo dejó, además, un resultado de especial relevancia para la Argentina y para la defensa de los principios que dieron origen a la ZOPACAS. La declaración final, adoptada por consenso, volvió a instar al Reino Unido y a la Argentina a reanudar las negociaciones de soberanía sobre las Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes. Pero incorporó un elemento de particular importancia: reconoció expresamente el derecho de la Argentina a emprender acciones legales contra las actividades no autorizadas en el área en disputa, de conformidad con el derecho internacional. También manifestó su preocupación por la exploración unilateral de hidrocarburos y el fortalecimiento de la presencia militar británica. De este modo, Mindelo no solo reafirmó una posición diplomática histórica, sino que respaldó la legitimidad de los instrumentos jurídicos a los que la Argentina podía recurrir para defender sus derechos e intereses. La cumbre de Mindelo no solo reafirmó una posición diplomática histórica: también reconoció que la Argentina tenía derecho a recurrir a la vía legal para defender sus derechos e intereses frente a actividades no autorizadas en el área en disputa.
La Declaración de Mindelo otorgó también un lugar relevante a la institucionalidad africana. Reconoció el papel de la Unión Africana en la prevención y resolución de conflictos y planteó fortalecer la coordinación con organismos regionales como la CEDEAO, la SADC y la CEEAC. Esta referencia no era meramente formal: expresaba la voluntad de articular la ZOPACAS con los mecanismos que los propios Estados africanos habían construido para atender sus desafíos de seguridad y cooperación. La iniciativa suratlántica no debía superponerse a esas instituciones ni sustituirlas, sino vincular sus capacidades y experiencias en una agenda compartida entre África y Sudamérica. La perspectiva africana no fue, por tanto, un aporte complementario: formó parte de la definición misma de lo que la cooperación suratlántica debía ser.
Los acuerdos de Mindelo necesitaban traducirse en iniciativas concretas. Durante la presidencia de Cabo Verde, la ZOPACAS comenzó a dar ese paso mediante una etapa de preparación técnica destinada a identificar prioridades y convertirlas en proyectos de cooperación. En diciembre de 2025, Praia, capital de Cabo Verde, reunió a representantes de 17 países en el primer Seminario de Cooperación Técnica del mecanismo. Allí se abordaron la investigación oceanográfica, el conocimiento de las plataformas continentales, la vigilancia marítima, la lucha contra los delitos en el mar y la protección de los ecosistemas. Brasil participó de ese proceso, anticipando la continuidad que asumiría meses después al tomar la presidencia. El seminario permitió avanzar desde las prioridades acordadas en Mindelo hacia una agenda de trabajo compartida y sentó las bases de la estrategia que se aprobaría en Río de Janeiro.
Brasil y una nueva etapa para la cooperación en el Atlántico Sur
Brasil ha sido uno de los principales sostenes políticos de la ZOPACAS desde su creación, y bajo el liderazgo de Lula volvió a asumir un papel central en su revitalización. La reunión ministerial de Río de Janeiro, celebrada en abril de 2026, fue una muestra de esa continuidad. Con representantes de 21 de los 24 Estados miembros, Brasil asumió la presidencia por tres años y promovió una Estrategia de Cooperación basada en el Plan de Acción de Mindelo. El documento establece áreas de trabajo que abarcan la seguridad marítima, la defensa, la investigación oceanográfica, la protección ambiental, la pesca y la conectividad entre ambas orillas. A ello se sumó la firma de una convención para proteger el medio marino del Atlántico Sur. Río de Janeiro procuró así convertir la nueva envión diplomático en instrumentos de cooperación y dar continuidad al trabajo iniciado durante la presidencia caboverdiana.
Estos avances tienen una importancia estratégica particular para África occidental. El golfo de Guinea concentra rutas comerciales de relevancia internacional, recursos energéticos y pesqueros e infraestructuras portuarias fundamentales para las economías de la región. Pero también enfrenta desafíos crecientes: la piratería, el tráfico ilícito, la pesca ilegal y la presión sobre sus recursos marítimos. La seguridad y el desarrollo de los países ribereños dependen, en buena medida, de su capacidad para afrontar esos problemas, proteger sus recursos y participar en las decisiones sobre el futuro de ese espacio. En este escenario, la ZOPACAS puede contribuir a vincular las capacidades africanas y sudamericanas, promover la investigación científica y ampliar los márgenes de autonomía de los Estados de ambas orillas frente a la creciente competencia internacional por las rutas, los recursos y las infraestructuras estratégicas. No se trata de reemplazar las instituciones africanas, sino de fortalecer su articulación con las de Sudamérica y ampliar las posibilidades de cooperación entre ambas regiones.
La continuidad de la ZOPACAS está estrechamente vinculada al papel protagónico que Lula ha desempeñado en su sostenimiento y en el fortalecimiento de las relaciones de Brasil con los países africanos. Por eso, su triunfo electoral no es un dato menor: abre la posibilidad de dar continuidad a una política exterior que reconoce en África un socio estratégico y en la cooperación Sur-Sur una herramienta para ampliar la autonomía de nuestros países. La orientación internacional defendida por Flávio Bolsonaro, en continuidad con la de su padre, Jair Bolsonaro, responde a una concepción diferente de esas relaciones, distante de las aspiraciones de cooperación, desarrollo y autonomía presentes en buena parte de las agendas africanas.
Pero Lula no basta. El futuro de la ZOPACAS requiere una participación sostenida de los Estados africanos y sudamericanos, proyectos concretos y mecanismos que sobrevivan a los cambios políticos. Mindelo mostró que Cabo Verde fue mucho más que el anfitrión de una cumbre: asumió la presidencia, contribuyó a definir las prioridades y sostuvo el trabajo preparatorio que desembocó en Río. Esa contribución debe reconocerse como parte de una iniciativa compartida, no como un episodio secundario de la diplomacia sudamericana. Argentina también forma parte de esa historia: fue copatrocinadora de la iniciativa fundacional y tuvo una participación activa en distintas etapas de su desarrollo. Sin embargo, la escasa jerarquía política de su representación en Río contrastó con ese recorrido y dejó interrogantes sobre el lugar que el actual gobierno le asigna a este espacio de cooperación. Para África occidental, la ZOPACAS puede ampliar la cooperación entre regiones y reforzar la capacidad de los Estados para gobernar un espacio marítimo vital. Para Sudamérica, ofrece la oportunidad de construir una relación atlántica más equilibrada, basada en intereses comunes y no en vínculos subordinados. Cuarenta años después de su creación, el desafío es convertir la voluntad política en una cooperación duradera, con ambas orillas en condiciones de decidir su propio futuro.
