La sugerencia de Trump de estar interesado en una mediación de Donald Trump en la Cuestión Malvinas responde a tensiones geopolíticas de EE. UU. con el Reino Unido y a sus propias prioridades estratégicas, lejos de constituir un respaldo a la soberanía argentina. Mientras el gobierno de Javier Milei intenta capitalizar estas ambiguas declaraciones en clave electoral y sobreactúa una securitización funcional a la narrativa británica, la memoria histórica de 1982 y la alianza eterna entre Washington y Londres advierten sobre la trampa de confiar en un “mediador” que es parte interesada.
Por Guillermo Carmona
Las declaraciones de hoy del presidente Trump sobre Malvinas, en ocasión de su visita a Irlanda, siguen en la misma línea de ambigüedad que las que expresó la semana pasada. Están en el marco de un “tire y afloje” con el gobierno británico en función de los intereses estadounidenses en Medio Oriente y la OTAN, no de los intereses argentinos en el Atlántico Sur.
Milei viene funcionando en “modo Galtieri” (haciendo suponer que EEUU elegiría apoyar a la Argentina en lugar de a su histórico aliado) e intenta capitalizar cada expresión de Trump en clave electoralista en tiempos en que la crisis económica y social pone en dudas la gobernabilidad. Lo previsible es que lo siga haciendo, alentando la idea de que Trump juega para la Argentina.
La realidad es que los intereses de la administración Trump a nivel global y en el hemisferio (en particular hacia el Atlántico Sur y la Antártida) están enmarcados en las prioridades y necesidades que EEUU declara en los documentos que redefinieron sus estrategias de Seguridad y Defensa, las que apuntan a recuperar influencia en un contexto de declinación de su hegemonía.
Ante lo sugerido por Trump hoy hay que tener en cuenta que no es lo mismo apoyo a la Argentina que ofrecimiento de mediación en la disputa de soberanía. Es más: habría que preguntarse si la sugerencia de mediar no es una forma de eludir una expresión de reconocimiento de la soberanía argentina sobre Malvinas, objetivo que todos los gobiernos argentinos de la democracia intentaron alcanzar de parte de EEUU.
Un reconocimiento de la soberanía argentina sería un paso muy importante. Todos los apoyos a la Argentina son relevantes, sobre todo cuando vienen de grandes potencias (como el caso de los reconocimientos de China y Rusia ya obtenidos), aunque esos apoyos no sean suficientes para la recuperación del ejercicio de soberanía.
Todo indica que Trump y el establishment gubernamental estadounidense eluden esa definición. La interdependencia política, económica y sobre todo militar entre EEUU y Gran Bretaña es demasiado alta como para ponerla en juego con una declaración definitiva sobre la Cuestión Malvinas.
Argentina no ha tenido buenas experiencias con las “mediaciones” de EEUU. El recuerdo del papel del secretario de Estado Alexander Haig en 1982 y de la posición adoptada por el presidente Reagan en favor de Gran Bretaña durante la guerra de Malvinas aún está vivo en nuestra memoria colectiva. EEUU no es neutral en la cuestión Malvinas, tal como oficialmente dice el gobierno norteamericano, sino parte interesada en el juego geopolítico global y regional a partir de una doble condición: la de aliado “eterno” de Inglaterra (palabras usadas por Trump para calificar a esa alianza) y por sus intereses en la región que han sido convergentes con los de Gran Bretaña desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
La alusión elíptica realizada por Trump a un posible conflicto bélico por Malvinas poco favor le hace a la Argentina. En esa misma línea, la sobreactuación de una securitización y militarización de la Cuestión Malvinas por parte del mileismo es funcional al interés británico de presentar a la Argentina como agresor. Esa línea de abordaje les regala a los británicos la oportunidad de poner a la Argentina en el lugar de potencial agresor cuando la única amenaza real existente es la que representa la exorbitante militarización del archipiélago por el Reino Unido.
Sin lugar a dudas, es necesario y urgente que Argentina fortalezca sus capacidades de defensa en el Atlántico Sur desde un posicionamiento defensivo, reactivo y disuasivo, aunque ello debe hacerse evitando los “jueguitos de guerra” que tanto les encanta simular y sobreactuar a los cosplayers del oficialismo mileista.
Lo que no podemos dejar de tener en cuenta es que Trump, lejos de resolver los conflictos en los que se involucró, favoreció el incremento de la conflictividad internacional a niveles pocas veces vistos desde el fin de la Guerra Fría. Es que más que mediador, EEUU pretende ser juez y parte en los conflictos que potencia o que ellos mismos generan. Hay “mediadores” que más vale perderlos que encontrarlos.
