Entre el 15 y el 17 de septiembre, Beijing reunió a cerca de 100 países en el foro de defensa y seguridad más importante que organiza China. Un balance del posicionamiento chino, del lugar de la inteligencia artificial en los asuntos militares y de una región que llegó sin representación gubernamental de peso. Desde ese escenario planteé la ocupación ilegal de las Malvinas y la militarización del Atlántico Sur.
Por Francisco Cafiero (*)
Entre el 15 y el 17 de septiembre se celebró en Beijing el 13° Foro de Xiangshan, la convocatoria más importante que organiza China para discutir la gobernanza de la defensa y la seguridad internacional. Creado en 2006 y organizado por la Asociación China de Ciencias Militares junto al Instituto Chino de Estudios Internacionales Estratégicos, esta edición coincidió con el 20° aniversario del foro, consolidado ya como la alternativa china al Diálogo Shangri-La de Singapur y a la Conferencia de Seguridad de Múnich, Alemania. Se desarrolló bajo el lema “Construyendo consensos en la estabilidad, seguridad avanzada y gobernanza conjunta”.
En un contexto de fuerte tensión en el orden internacional, China utilizó la plataforma del foro para mostrarse como un actor que aporta certidumbre, confianza y estabilidad global. Se presentó como un socio confiable para la comunidad internacional, apelando a la cooperación como forma de vínculo y diferenciándose del lenguaje de la imposición. El eje discursivo del anfitrión fueron las cuatro iniciativas globales impulsadas por Xi Jinping, para el desarrollo global (2021), la seguridad global (2022), la civilización global (2023) y la gobernanza global (2025), todas ordenadas alrededor del fortalecimiento del multilateralismo y del rol de las Naciones Unidas, con una crítica al unilateralismo y al incumplimiento del derecho internacional.

Esas cuatro iniciativas ordenaron la línea de las posiciones chinas, empezando por el ministro de Defensa, almirante Dong Jun. Las presentó bajo la lógica de la cooperación y el multilateralismo, sin confrontar con las potencias occidentales, especialmente con Estados Unidos, ya que esta semana será la segunda cumbre de 2026 entre Xi y Trump, donde existe un reconocimiento mutuo, el denominado “G2”. No obstante, China marcó posición respecto a Taiwán. En tal sentido, advirtió a Japón que no reeditara su pasado militarista, luego de que Tokio insinuara que respondería militarmente ante una acción china sobre la isla. Sobre su soberanía hay una línea roja, Taiwán es parte integral de China.
Esta 13ra edición tuvo una peculiaridad. Llegó después del año de mayor purga militar de la era Xi Jinping. Solo en 2025 fueron destituidos quince oficiales con rango de general, y a comienzos de 2026 cayeron las dos máximas autoridades militares del país, el vicepresidente de la Comisión Militar Central y el jefe del Estado Mayor Conjunto. El acumulado supera los treinta y seis altos oficiales removidos desde 2022 y más de un centenar bajo investigación. La lucha contra la corrupción es lo invocado, una causa muy presente en varios órdenes del poder central chino, pero también se juega el control de Xi sobre las Fuerzas Armadas y el desplazamiento de las redes de poder internas del Ejército Popular de Liberación (PLA), que el próximo año cumplirá 100 años de su fundación. En paralelo, una camada de oficiales más jóvenes ocupa los cargos de relevancia, mientras China sostiene el aumento de su inversión en defensa, especialmente en la tecnología y la innovación de sus capacidades militares.
Esa apuesta por las capacidades se apoya en una ventaja material. En plena transición energética, cuyos recursos se suman a las nuevas tensiones geopolíticas, China exhibe una posición de fortaleza. Concentra el 91% de la refinación mundial de tierras raras, un dato que pesa en cualquier discusión sobre seguridad de las cadenas de suministro y que revela sus prioridades defensivas.
El foro dejó planteado, además, un interrogante serio. Si existen tantas instituciones globales reconocidas, y en el foro se discutió largamente la confianza, la responsabilidad y los compromisos internacionales asumidos, ¿por qué persiste tanto conflicto armado? Las críticas al abuso del poder y las recurrentes faltas de cumplimiento de las normas internacionales contribuyen a que el poder militar termine imponiéndose. Y ese poder, aun cuando gane guerras, no trae la paz.
Un rasgo distintivo del foro, al igual que en su 12ª edición de 2025, fue la amplitud y diversidad de la convocatoria. China se ubicó en el centro de una cita que interpeló al sur global, que representa el 80% de la humanidad y tiene el potencial de convertirse en el centro de gravedad del sistema. De ese sur global China se percibe parte, un conjunto de naciones sin voz unificada pero con presencia capilar en el encuentro. Esa apuesta no desequilibró el foro, porque también estuvieron presentes Estados Unidos, Rusia y las principales potencias europeas. Participaron además Ucrania, Irán, Israel, India, Pakistán, países del Sahel, de Oceanía, e incluso Corea del Norte y Japón, junto a organizaciones como la OTAN. Esa pluralidad diferencia a Xiangshan de los otros foros de defensa mencionados.
Concurrieron delegaciones oficiales, con representantes gubernamentales, y no oficiales, con analistas, investigadores, académicos, exfuncionarios y militares retirados, de cerca de 100 países y regiones. Se sumaron delegaciones de organismos internacionales como la ONU, la Cruz Roja, la Unión Europea y la OTAN, diversas empresas vinculadas a la defensa y de think tanks como el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), que organiza el Diálogo Shangri-La de Singapur. Las discusiones se organizaron en plenarios oficiales, a cargo de autoridades de rango ministerial o de alto grado militar, y en sesiones simultáneas de entrevistas de alto nivel, mesas redondas y seminarios abiertos y cerrados, con espacios de preguntas y respuestas.
La agenda temática fue extensa. Cruzó el orden multipolar y las tendencias del multipolarismo, la solución política de los conflictos, la construcción de un orden global más justo y equitativo, el diálogo multilateral, la gobernanza de la seguridad, la estabilidad estratégica entre Estados, las formas asiáticas de encauzar los desafíos de seguridad, el control de armas, la seguridad de los corredores marítimos y estratégicos, el rol de las Fuerzas Armadas en la seguridad energética global, la inteligencia artificial en los conflictos armados, la gobernanza del espacio exterior, la regulación de las tecnologías emergentes de aplicación militar y el fortalecimiento de la gobernanza internacional de la IA. Un capítulo aparte lo ocuparon la relación entre China y Estados Unidos y la estabilidad estratégica entre grandes potencias, el punto de inflexión en la crisis de Ucrania y las perspectivas de paz para Medio Oriente. En estos casos, voces que representan a los lados en conflicto expusieron sus argumentos.
Entre todos esos temas, la gobernanza global de la inteligencia artificial atravesó buena parte de las discusiones, aun cuando no estuviera formalmente en agenda. Sobresalió el modo en que la IA está transformando los asuntos militares, y su impacto en los dominios nuclear y biológico la convierte en una advertencia que gravita cada vez con más fuerza. Como potencia del sector, China busca instalar la cuestión en el escenario internacional, sobre todo de cara a la próxima reunión entre Xi y Trump. También aparecieron los conflictos regionales, la tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel, la guerra entre Rusia y Ucrania, la causa palestina y las tensiones entre Tailandia y Camboya.
En ese marco intervine para plantear la ocupación ilegal de las Malvinas en el Atlántico Sur y la militarización de esa zona de paz por parte del Reino Unido de Gran Bretaña. Lo hice como expositor, tanto, en las sesiones abiertas sobre “la construcción de un sistema más justo y equitativo para la gobernanza global”, como en las sesiones cerradas vinculadas a “la energía global y su impacto en los asuntos militares”.
En esa diversidad temática, China repitió como mantra sus cuatro iniciativas, presentadas como aportes a los desafíos que impone el orden mundial, junto a su aspiración de proveer estabilidad y certidumbre global. Informes recientes, como el AMLAT Radar 2026, muestran a China ganando prestigio y credibilidad en América Latina. En paralelo, la centralidad otorgada a Asia-Pacífico, la región más dinámica en gravitación comercial y crecimiento tecnológico y financiero, derivó en un llamado a un mayor esfuerzo conjunto de sus naciones para dirimir las tensiones en las rutas marítimas y los estrechos estratégicos.
Otro punto que merece atención fue el bajo perfil de las delegaciones latinoamericanas, sin representación gubernamental de peso. Si bien los asuntos tratados en el foro no son vinculantes, los compromisos asumidos con Estados Unidos y el intento de evitar irritaciones podrían explicar en parte esa decisión, que es política.
(*) Director del Instituto de Asuntos Internacionales y Estudios Políticos “Manuel Ugarte”. Universidad Nacional de Lanús.
