El autor reflexiona sobre la decisión adoptada por la administración libertaria de modificar el nombre de una sala del Museo Malvinas mediante un procedimiento que implica que el homenaje a un excombatiente termine funcionando como un desplazamiento simbólico de otro.

Por Edgardo Esteban, periodista, escritor y ex combatiente de Malvinas

El 10 de junio se conmemora en Argentina el Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas, Islas del Atlántico Sur y Sector Antártico. Esta fecha recuerda la creación de la Comandancia Política y Militar de las islas en 1829 y el nombramiento de Luis Vernet como primer gobernador.

El Museo Nacional Malvinas e islas del Atlántico Sur, nació como un espacio de memoria colectiva, de encuentro y de construcción de una mirada amplia sobre la causa Malvinas. Un lugar donde conviven la memoria, la soberanía, la historia, la educación, los derechos humanos y las distintas experiencias de quienes atravesaron la guerra y sus consecuencias. Por eso, toda decisión simbólica dentro de ese espacio tiene un profundo valor político, cultural y humano.

En ese marco, resulta extraordinario y profundamente justo que un espacio del museo lleve el nombre del maestro Julio Rubén Cao. Su historia conmueve a generaciones enteras: un joven docente que eligió ir a Malvinas y que dejó una carta imborrable a sus alumnos antes de partir al frente. Cao representa la sensibilidad, la educación pública, el compromiso con la patria y el enorme drama humano de aquella guerra. Su reconocimiento era necesario y merecido.

Pero una cosa no invalida la otra.

El problema no es homenajear a Julio Cao. El problema que este 10 de junio, Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas, Islas del Atlántico Sur y Sector Antártico, es hacerlo reemplazando el nombre de Orlando Gustavo Pascua, un excombatiente querido y respetado por gran parte del movimiento de veteranos de Malvinas. Y allí aparece una pregunta inevitable: ¿por qué para reconocer a uno hay que borrar al otro?

El predio del Museo Malvinas es enorme. Tiene jardines, bibliotecas, auditorios, salas, oficinas y múltiples espacios donde podría haberse realizado un homenaje a Cao sin necesidad de quitar un nombre que ya formaba parte de la historia institucional del lugar. Porque Orlando Pascua no era un nombre cualquiera.

Fue uno de los impulsores de los primeros Centros de Veteranos de Malvinas en democracia, participó de aquel histórico encuentro de Morón donde cientos de excombatientes comenzaron a organizarse tras el regreso de la guerra y dedicó gran parte de su vida a la defensa de los veteranos, de los trabajadores y de la causa Malvinas. Quienes lo conocieron destacan, además de su militancia, su enorme calidad humana.

Hay historias que explican mejor que cualquier discurso quién fue Orlando. Contaba que el 14 de junio de 1982, en medio del caos final de la guerra, sus compañeros encontraron un último chocolate intacto para cantarle el Feliz Cumpleaños en la trinchera. “Ese día me volví un militante de la vida”, decía. Y así vivió hasta el final de sus días.

Paradójicamente, Orlando Pascua también estuvo ligado a una causa profundamente relacionada con Julio Cao: la identificación de los soldados argentinos enterrados en Darwin. Junto a excombatientes, organismos de derechos humanos y referentes judiciales, impulsó activamente el proceso que permitió devolverles identidad a muchos soldados que permanecían como NN en las islas. Entre ellos, justamente, Julio Cao.

Por eso duele que el homenaje a uno termine funcionando como un desplazamiento simbólico del otro. No se trata de una disputa menor ni de una simple cuestión administrativa. Los nombres en un museo construyen sentido. Expresan qué memorias se preservan y cuáles se intentan correr del centro de la escena. Y cuando las decisiones parecen guiadas más por diferencias ideológicas que por la búsqueda de unidad, el museo corre el riesgo de dejar de ser un espacio de encuentro para convertirse en un terreno de exclusiones.

Tuve además una relación cercana y respetuosa con Delmira, la madre de Julio Cao. El 2 de abril de 2022, al cumplirse los 40 años de Malvinas, fui personalmente a buscarla para que recibiera en el Museo Malvinas el homenaje y la medalla conmemorativa que merecía como madre del maestro soldado. Siempre existió entre nosotros un vínculo de respeto, cariño y reconocimiento mutuo. Por eso mismo sé perfectamente lo que representa Julio Cao para la memoria argentina y jamás podría objetar un homenaje hacia él.

Pero justamente porque entendemos la dimensión humana de ambas historias, creemos que el reconocimiento no debería construirse a partir del reemplazo ni de la eliminación simbólica de otros compañeros.

Malvinas necesita más memoria y menos cancelaciones. Más puentes y menos grietas. Más homenajes que sumen y no decisiones que parezcan destinadas a dividir incluso entre quienes dieron todo por la patria.

La causa Malvinas es demasiado grande para reducirla a disputas sectoriales. Y el Museo Malvinas debería seguir siendo, por encima de cualquier diferencia política, la casa de todos y un punto de encuentro en favor de la causa, de la memoria de nuestros héroes caídos y de la recuperación de la soberanía nuestras islas Malvinas…

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Atlántico Sur, UN OCÉANO, TRES CONTINENTES

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