En las vísperas de la cadena nacional anunciada por el presidente Javier Milei sobre la cuestión Malvinas, Edgardo Esteban analiza críticamente el rumbo geopolítico de la Argentina. El excombatiente, periodista, docente universitario y exdirector del Museo Malvinas deconstruye las profundas contradicciones de una gestión que reivindica a Margaret Thatcher, advirtiendo que la defensa de la soberanía nacional no puede desvincularse de la explotación petrolera en el Atlántico Sur, el potencial energético de Vaca Muertay la proyección estratégica sobre la Antártida.
Por Edgardo Esteban (*)
Un gobierno que reivindica a Margaret Thatcher, que sostiene que el hundimiento del crucero General Belgrano no fue un crimen de guerra, que habla de la autodeterminación de los habitantes de las islas y que ahora insinúa la posibilidad de un cambio de posición de Estados Unidos respecto del reclamo argentino sobre Malvinas genera, por lo menos, muchas dudas y contradicciones difíciles de comprender.
Más todavía después de lo ocurrido con “el trapo” durante el partido entre Argentina e Inglaterra del 15 de julio pasado, cuando desde el propio Ministerio de Seguridad se planteaba que no podía exhibirse una bandera con las Islas Malvinas. Malvinas está expresamente contemplada en la Disposición Transitoria Primera de nuestra Constitución Nacional y forma parte del territorio argentino. Mostrar esa bandera no significaba violar ninguna norma: significaba expresar un sentimiento profundamente arraigado en el pueblo argentino.
Hay muy pocas cosas que generan semejante transversalidad. Una es el fútbol, cuando juega la Selección y todos nos ponemos la celeste y blanca sin preguntarnos a qué partido político pertenece el que tenemos al lado. La otra es Malvinas. Se siente cada 1° de abril, durante las vigilias, y cada 2 de abril, cuando recordamos a nuestros caídos en el cementerio de Darwin y cuando los excombatientes nos abrazamos con el pueblo argentino.
Esa identidad genera expectativas. Porque Malvinas es territorio, pero también es memoria, pertenencia, soberanía e identidad. Y lo que uno espera es que la política esté a la altura de ese sentimiento popular. Muchas veces no lo está.
También resulta difícil comprender determinadas posiciones internacionales de este gobierno, particularmente cuando la Argentina se distancia de países africanos que históricamente acompañaron nuestro reclamo de diálogo con el Reino Unido tanto en Naciones Unidas como en el Comité Especial de Descolonización. Son vínculos diplomáticos que llevaron décadas construir y que resultan fundamentales para sostener la causa Malvinas en los organismos internacionales.
A todo esto se suma una dimensión geopolítica cada vez más importante: los recursos naturales y, especialmente, el petróleo. Estados Unidos observa con atención un escenario internacional atravesado por las tensiones en Medio Oriente, Irán y el estrecho de Ormuz, y busca nuevas fuentes y nuevos horizontes energéticos. Lo hemos visto con Venezuela y también aparece con enorme claridad en el Atlántico Sur.
En torno a nuestras Islas Malvinas se proyecta para 2028 una explotación petrolera de enorme magnitud, impulsada por empresas vinculadas a capitales británicos e israelíes. El proyecto contempla la perforación de 23 pozos y prevé alcanzar una producción cercana a los 125 mil barriles diarios. Estamos hablando de recursos naturales existentes en un territorio cuya soberanía está en disputa y sobre el cual la Argentina mantiene un reclamo legítimo reconocido internacionalmente. Por eso no puede analizarse esa explotación solamente desde una perspectiva económica: es también una cuestión de soberanía y de geopolítica.
Al mismo tiempo está Vaca Muerta, que muestra el extraordinario potencial energético que tiene nuestro país. Actualmente, la producción se encuentra en torno a los 950 mil barriles diarios y las proyecciones indican que hacia 2032 podría alcanzar aproximadamente 1.250.000 barriles por día.
La dimensión de esas cifras permite comprender lo que está en juego. La Argentina necesita alrededor de 500 mil barriles diarios para garantizar su propio abastecimiento. Es decir que, con una producción muy superior a ese nivel, nuestro país no solamente puede cubrir las necesidades energéticas internas, como el transporte, la industria y el consumo nacional, sino también transformarse en un importante exportador de energía.
Y además estamos hablando de un petróleo de excelente calidad como el que produce Vaca Muerta. Esa riqueza convierte a la energía en uno de los grandes recursos estratégicos de la Argentina para las próximas décadas.
Por eso resulta imposible separar Vaca Muerta de lo que está ocurriendo en el Atlántico Sur. Por un lado, tenemos una enorme producción petrolera dentro del territorio continental argentino. Por otro, a pocos cientos de kilómetros, se proyecta extraer petróleo alrededor de nuestras Islas Malvinas sin respetar el reclamo soberano argentino y con el respaldo del Reino Unido.
Y detrás aparece también la Antártida. El continente blanco, los recursos que contiene y las discusiones que puedan abrirse en las próximas décadas forman parte de una estrategia internacional en la que las grandes potencias ya están pensando. Malvinas, el Atlántico Sur, Vaca Muerta y la Antártida no pueden analizarse como cuestiones aisladas: forman parte de un mismo escenario geopolítico y estratégico donde están en juego energía, recursos naturales, territorio y soberanía.
Por eso no tengo grandes expectativas depositadas en declaraciones circunstanciales. Mi sueño, desde siempre, es volver a ver flamear la celeste y blanca en nuestras Islas Malvinas.
Pero para eso Malvinas tiene que ser verdaderamente una cuestión de Estado, por encima de cualquier gobierno de turno. Si no es este gobierno, deberán ser los próximos los que trabajen para que la causa Malvinas vuelva a ocupar un lugar prioritario, esencial y permanente dentro de la política exterior argentina.
Necesitamos una política coherente, sostenida en el tiempo y respaldada por toda la sociedad. Porque Malvinas no pertenece a un partido ni a un gobierno: pertenece al pueblo argentino. Y debemos seguir trabajando, con inteligencia, diplomacia y perseverancia, para recuperar más temprano que tarde el ejercicio pleno de nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas.
